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Sacramentos


LOS SACRAMENTOS INSTITUIDOS por Cristo son siete, según la doctrina de la iglesia
católico-romana. Los enumeramos a continuación, indicando la función que a cada uno de ellos
se le atribuye.
Bautismo. Este sacramento limpia el pecado original y cualquier otro que se hubiera
cometido con anterioridad al bautismo. Regenera al alma, la acarrea el beneplácito de Dios y la
hace hija de Dios. Por el bautismo se entra en la iglesia.
Confirmación. Este supone y completa la gracia recibida por el bautismo. Los obispos
ungen con aceite la frente, la nariz, los oídos y el pecho del recipiente, y coloca la mano sobre su
cabeza. No es meramente un acto simbólico, sino que de hecho confiere al Espíritu Santo.
Penitencia. La contrición (o en algunos casos la atrición, que es algo más imperfecto que
la contrición), la confesión y la satisfacción juntas constituyen el sacramento de la penitencia y
hacen posible la absolución. Este sacramento es para los pecados cometidos después del
bautismo. Sin el sacerdote no es posible la absolución, pues la función del sacerdote es mediar
entre Dios y los hombres. Ni las oraciones o el ayuno, ni la realización de obras buenas o de
caridad, ni los actos de mortificación son suficientes para salvar al alma.
La Santa Comunión. Es la participación y comida del mismo cuerpo y sangre de Cristo.
Unicamente se puede recibir después de la absolución, y debe participarse de ella por lo menos
una vez al año.
La Extrema Unción. El sacerdote usa en ella el aceite bendecido por el obispo para ungir
los ojos, los oídos, la boca, la nariz, las manos, los pies y los riñones del moribundo. En casos
extremos, cuando no hay tiempo para todo ello, basta la unción de la frente. A continuación lee
las oraciones por los moribundos, y le da la absolución.
El Orden. Este es necesario para cuantos han de ejercer algún oficio en la iglesia de
Roma, y por medio de él se imparte la unción divina al recipiente, a fin de que pueda desempeñar
el ministerio que se le ha confiado. El orden, lo mismo que el bautismo y la confirmación,
imprime en el ordenado un carácter espiritual que no puede ser borrado. Una vez recibida esta
unción, el recipiente no puede ser desposeído de su carácter de sacerdote. Una vez sacerdote, es
sacerdote para siempre, y sus pecados personales no le incapacitan o impiden la eficacia de su
poder como sacerdote.
Santo Matrimonio. Como la iglesia católico-romana hace del matrimonio un sacramento,
reclama jurisdicción sobre los matrimonios de todos los que han sido bautizados en ella,
practiquen o no su religión, y ninguna persona bautizada puede casarse con una no bautizada sin
el permiso de la iglesia. En este caso se imponen algunas condiciones, una de las cuales es que
los hijos de tal matrimonio sean bautizados y educados en la fe católica, Realizar tal matrimonio
sin permiso es cometer fornicación, aunque se haya realizado la ceremonia civil. De los
evangelios, los Hechos y las Epístolas se deduce claramente que nuestro Señor instituyó
solamente dos sacramentos: el Bautismo, que los creyentes deben recibir una sola vez, y la Santa
Cena o Comunión, que los discípulos de Cristo deben recibir con frecuencia “hasta que venga,” a
pesar de lo que Roma sostiene en contrario. La primitiva iglesia no hizo uso más que de dos,
aunque en el curso de varios siglos surgieron otras opiniones, de modo que en diferentes épocas
de la iglesia se admitieron cinco, seis, diez y hasta doce sacramentos, hasta que en el siglo doce
los teólogos reconocieron generalmente siete, y aun entonces no se hizo declaración alguna
oficial, ni se presentaron pruebas en apoyo de esta opinión. Finalmente el concilio del año 1439
decidió que eran siete, y en 1442 el Papa confirmó esta decisión, declarando que los mismos
sacramentos confieren la gracia. Por último, el decimonono concilio general (el de Trento) en el
año 1549 declaró que la creencia en los siete sacramentos es un artículo de fe. En la enseñanza
romanista los siete sacramentos están ligados entre si, de la siguiente manera: el bautismo
regenera; la confirmación abre la puerta a los privilegios y deberes del discipulado cristiano; la
penitencia libra del castigo del pecado; la santa comunión provee el alimento espiritual; la
extrema unción prepara para la muerte; el orden capacita al sacerdocio para celebrar la misa; el
santo matrimonio asegura la sucesión de los fieles para que oigan las misas. O en otra forma: el
primer sacramento nos enlista en el ejercito; el segundo vigoriza esta resolución; el tercero
aumenta nuestro vigor; el cuarto conserva nuestra vida espiritual; el quinto nos prepara para el
fin; el sexto nos proporciona nuestros guías; y el séptimo trae nuevos reclutas al ejército. Roma
declara que los sacramentos son necesarios para la salvación, y para explicarlo dice que Dios es
como un médico, el hombre es el paciente, el sacerdote es el servidor, la gracia divina es la
medicina y los sacramentos son los receptáculos. Los sacramentos no son meros símbolos, sino
que de hecho confieren la gracia, y como no pueden ser administrados más que por el sacerdote,
el recipiente depende de él también, de modo que el alma depende del sacerdote desde el
nacimiento hasta la muerte, y aun después de ésta, pues solo el sacerdote puede decir las misas
que le han de librar del purgatorio. Entre los sacerdotes y los laicos existe una separación
inmensa. El sacerdocio, del papa abajo, a través de toda la jerarquía de cardenales, arzobispos,
obispos y sacerdotes, es en realidad la iglesia, y ejerce autoridad sobre todos los aspectos de la
vida de los laicos: el sacerdote guía, éstos siguen; el sacerdote enseña, éstos aprenden; el
sacerdote manda, éstos obedecen. Y es precisamente por medio de los sacramentos que el
sacerdote impone su autoridad. No es de extrañar que Roma les dé tanta importancia. En los
capítulos XI y XIII hemos tratado ya de los sacramentos del bautismo y de la penitencia, y de
cómo la enseñanza romanista acerca de ellos ha pervertido y contradice a las Escrituras. En. los
capítulos XVIII y XIX nos ocuparemos de la santa comunión o eucaristía. En este capitulo
examinaremos brevemente los llamados sacramentos de la confirmación, la extrema unción, el
orden y el matrimonio.
A. La Confirmación. El sacramento católico romano de la confirmación se basa en el
falso supuesto de que ya se ha recibido la gracia salvadora por el rito del bautismo, que en las
familias católicas se administra en la infancia de una manera rutinaria, sin que haya ningún
elemento de fe en el que lo recibe. Así lo declaró el Concilio de Florencia: “Por la confirmación
recibimos un aumento de la gracia, y nos fortalecemos en la fe.” En los Hechos de los Apóstoles
se repite varias veces la palabra “confirmar,” pero nunca lleva consigo implicación alguna
sacerdotal. Pablo y Bernabé, después de haber sido tratados vilmente en Listra, regresaron a
aquella ciudad “confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en
la fe, y que es menester que por muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.” (Hechos
14:21-27.) Judas y Silas, hermanos de la iglesia de Jerusalén, acompañaron a Pablo y a Bernabé,
cuando regresaron a Antioquía, para ayudarlos a remediar la división que había surgido acerca de
la circuncisión, y “consolaron y confirmaron a 105 hermanos con abundancia de palabra.”
(Hechos 15:32.) Un poco más tarde Pablo, acompañado ahora por Silas, volvió a visitar a los
hermanos en todas las ciudades de Siria y Cilicia, en las que Pablo había predicado antes el
evangelio, “confirmando a las iglesias.” (Hechos 15:41.) No hay vestigio de una confirmación
sacramental en ninguno de estos casos. Se trataba claramente de una visita pastoral para
fortalecer la fe de aquellos hermanos en medio de la persecución y de la enseñanza errónea. Pero
tal vez se pregunte si la visita de Pedro y Juan a Samaria no era algo más que esto, pues en
Hechos 8:14-17 leemos que Pedro y Juan fueron enviados por los apóstoles de Jerusalén a
Samaria, donde muchos se habían convertido al Señor y habían sido bautizados por la
predicación de Felipe. Sí, en este caso parece que se trataba de algo más que una visita pastoral
ordinaria. “Los cuales venidos, oraron por ellos, para que recibiesen el Espíritu Santo....
Entonces les impusieron las manos, y recibieron el Espíritu Santo.” Nos encontramos aquí al
principio de un nuevo movimiento de avance en la predicación del evangelio. Cristo había dicho
a sus discípulos: “Me seréis testigos en Jerusalén, y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último
de la tierra” (Hechos 1:8). Hasta entonces no habían testificado más que en Jerusalén y en Judea;
pero ahora dispersados por la persecución habían comenzado un ministerio mas amplio al mundo
exterior, y predicaron en Samaria. Aquí, lo mismo que en Jerusalén y en Judea, Dios había
bendecido la predicación del evangelio, de modo que las almas se habían vuelto a Dios en
arrepentimiento y fe. Pero los prejuicios judíos no habían desaparecido fácilmente, ni en Pedro ni
en los otros creyentes judíos, y posiblemente por esta razón Dios permitió que él fuera enviado
con Juan a Samaria. Así como Pedro había abierto la puerta de la fe a los judíos en Jerusalén, así
la abre también ahora a los samaritanos, y más tarde al grupo de gentiles congregado en la casa
de Cornelio. Tal vez esta sea la explicación de por qué el Espíritu Santo fue dado en esta ocasión
con la imposición de las manos de Pedro y Juan, pero sería imprudente ser dogmáticos acerca de
ello. Esto no es más que historia, un relato de lo que en realidad aconteció. Dios puede obrar y de
hecho obra de una manera soberana, de diferentes modos en diferentes tiempos y lugares, y
podríamos caer fácilmente en error, si tratásemos de basar una doctrina en un hecho aislado. No
podemos establecer un sacramento sobre lo que Pedro y Juan hicieron en esta ocasión, y llamarlo
confirmación, sobre todo teniendo en cuenta que nuestro Señor no lo ordenó específicamente
como algo instituido por él. Muchas iglesias confirman a los creyentes, y el Señor bendice este
servicio fortaleciendo a los que ya han sido salvos por la fe en él, pero no dicen que esto sea un
sacramento que confiere la gracia por sí mismo; ni tiene que ser acompañado por “la unción con
el crisma, una mezcla de aceite con bálsamo, bendecido especialmente en el día de Jueves
Santo.” Esto no es más que una invención romanista. La confirmación tampoco es necesaria para
la salvación, como lo afirma la iglesia de Roma.
B. La Extrema Unción. Los pasajes de la Escritura que se alegan en apoyo de este
sacramento son dos: Marcos 6:13. “Y echaban (los doce) fuera muchos demonios, y ungían con
aceite a muchos enfermos, y sanaban.” Santiago 5:14-15. “¿Está alguno enfermo entre vosotros?
Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y
la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si estuviere en pecados, le serán
perdonados.” Ninguno de estos pasajes tiene nada que ver con la extrema unción, que se
administra cuando se espera la muerte del enfermo. Por el contrario, la unción y lo oración se
refieren en ambos casos a la restauración de la salud. Lo que allí se tenía en mente no era la
muerte, sino la vida. Fundar en estos pasajes una doctrina según la cual el enfermo a punto de
morir puede obtener el perdón de sus pecados, mediante la intervención de uno que se llama
falsamente sacerdote, como lo veremos en el capítulo XX, por la aplicación de un aceite
consagrado a varias partes del cuerpo, aunque él no se dé cuenta de lo que le están haciendo, y
que así se escapa del fuego del infierno, es pura superstición. El perdón se concede únicamente
por el puro amor de Dios, sobre la base de la obra expiatoria de su Hijo amado, nuestro Salvador,
en contestación al arrepentimiento y la fe en su promesa. Cuando hay arrepentimiento y fe, ya
está concedido el perdón libre y completo. Pero si no hay arrepentimiento y fe en Cristo, ningún
sacramento lo puede reemplazar, y el sacerdote que da la absolución es un engañador, aunque no
tenga conciencia de ello. “Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de
nuestro Señor Jesucristo: por el cual también tenemos entrada por la fe a es la gracia en la cual
estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Rom. 5:1, 2) . C. El
Orden. Con la Biblia en la mano nadie puede negar el hecho de la ordenación. En Marcos 3:14,
15 leernos: “Estableció doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar. Y que
tuviesen potestad de sanar enfermedades, y de echar fuera demonios.” Es evidente que los doce
fueron ordenados por su Maestro para el ministerio determinado de predicar y curar, y fueron
revestidos por él con el poder de arrojar fuera los demonios en su nombre. Pablo reclama para sí
la ordenación en I Tim. 2:7, al decir: “Dios quiere que todos los hombres sean salvos, y que
vengan al conocimiento de la verdad.... De lo que yo soy puesto por predicador y apóstol. Doctor
de los gentiles en fidelidad y verdad.” Acerca de Pablo y Bernabé leemos en Hechos 14:23:
“Habiéndoles constituido ancianos en cada una de las iglesias, y habiendo orado con ayunos, los
encomendaron al Señor en el cual habían creído.” Las versiones católico-romanas del Nuevo
Testamento emplean la palabra “presbíteros” en vez de “ancianos.” Pero no se debe entender por
esto “sacerdotes,” pues las dos palabras griegas que se usan para significar “sacerdotes” y
“ancianos,” que son presbuteros para anciano y hiereus para sacerdote, nunca se usan
indistintamente. Pablo y Bernabé ordenaron ancianos, no sacerdotes. Se nos dice en Tito 1:5 que
Pablo dejó a Tito en Creta “para que corrigieses lo que falta, y pusieses ancianos por las villas.”
En Hechos 16:1-3 se narra que, cuando Timoteo se unió a Pablo como ministro y compañero
suyo de trabajo, el presbiterio había puesto las manos sobre él (1 Tim. 4:14). En el pasaje no se
usa la palabra ordenar, pero no cabe duda que se trata de un servicio de ordenación, en el que
Timoteo fue separado para este ministerio. A Pablo también le fueron impuestas las manos dos
veces, una por Ananias al tiempo de su conversión, y otra en Antioquía cuando él y Bernabé
fueron designados para su primer viaje misionero (Hechos 9:17 y 13:1-3). Muchas iglesias tienen
servicios de ordenación para sus ministros, como lo hace la iglesia de Roma, pero ninguna los
considera como sacramento como consideran al bautismo y la cena del Señor, que fueron
claramente instituidos por el Señor, y obligan, por consiguiente, a su pueblo. La idea de que la
ordenación confiere al ordenando algo nuevo de índole espiritual que no se puede borrar, es
completamente ajeno a la Escritura. Menos fundamento aun tiene la nociva doctrina de que un
sacerdote, no importa cuál sea su incapacidad moral, puede en virtud de la ordenación
desempeñar su ministerio con provecho, de modo que, aunque él se encuentre en pecado, puede
absolver los pecados de los demás. no simplemente pronunciar las palabras de la absolución, sino
de hecho conceder el perdón. D. El Santo Matrimonio. La iglesia católico-romana y otras iglesias
convienen en muchos detalles importantes al tratarse del matrimonio, pero los creyentes
protestantes no creen que el matrimonio sea sacramento por las siguientes razones:
1. No existe parte alguna de la Escritura en que se diga que Cristo lo instituyó como tal,
aunque no se puede dudar de que ocupa un lugar en la iglesia cristiana por la autorización del
mismo Cristo. Fue instituido por Dios al principio de la historia humana, así como el sábado
también fue instituido divinamente y representa el descanso que el verdadero creyente halla en
Cristo (Heb. 4:1-6). Pero ni el sábado ni el matrimonio son sacramentos. La bendición de Dios
descansa ciertamente sobre el esposo y la esposa piadosos, que habitan juntamente en unidad y
en amor. Pero la bendición de Dios descansa igualmente sobre los solteros que procuran vivir
para la gloria de Dios como tales.
2. La iglesia católico-romana se apoya en Efe. 5:32: “Este misterio grande es”; pero el
apóstol no se refiere aquí a la ceremonia del matrimonio, sino a la relación entre Cristo y su
iglesia. La palabra griega por misterio no lleva consigo la idea de algo que no se puede conocer,
sino de algo que solamente es conocido por los iniciados, y esta es precisamente la fuerza que
tiene en este pasaje. La relación entre Cristo y su iglesia es algo que no se hubiera podido
conocer si no hubiera sido por la revelación divina. Pero esto no hace que la ceremonia del
matrimonio de un creyente sea un sacramento, que sólo acepta Dios cuando lo realiza un
sacerdote.

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