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Los Santos


HEMOS EXAMINADO ya el culto que Roma tributa a las imágenes y a las reliquias, y que ella
justifica diciendo que la adoración que se ofrece no va dirigida a los objetos visibles, sino a las
personas que representan, y hemos visto la falsedad de esta afirmación, y que, de hecho, el culto
es idolátrico y ofende a Dios. Demos un paso más y veamos si se permite el culto a los santos
que están en el cielo, independientemente de un objeto visible que los represente. Veremos que
no puede ser así.
Como paso preliminar debemos esclarecer el significado de las palabras, porque el
sentido que se da en el Nuevo Testamento a la palabra santo, no es el mismo que le da la iglesia
de Roma. La palabra santo se usa en el Nuevo Testamento unas sesenta veces, nunca como
prefijo de un nombre, sino siempre refiriéndose a los creyentes ordinarios en el Señor Jesucristo.
Se encuentran vivos en la tierra al aplicárseles esta palabra. Si examinamos algunos pasajes que
aluden a ellos, encontraremos que ellos estaban viviendo en diversos países y ciudades: en
Jerusalén, (Hechos 9: 13); en Roma (Rom. 1 :7); en Lydda (Hechos 9:32); en Corinto (I Cor.
1:2); en Acaya (2 Cor. 1:1) ; en Efeso (Efe. 1:1) ; en Filipos (Fil. 1:1), y en Colosas (Col. 1:2),
como miembros de las iglesias de aquellos lugares, y naturalmente en otros muchos lugares que
no se mencionan específicamente. La palabra “santo” significa “separado,” “puesto aparte.”
Habían sido pecadores como todos los demás, pero habían sido “lavados, y santificados, y
justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (I Cor. 6:11).
Habían sido redimidos por la sangre de Jesús, y todos sus pecados habían sido perdonados
“conforme a las riquezas de su gracia” (Efe 1:7). Los que “habían estado lejos, habían sido
hechos cercanos por la sangre de Cristo” Efe. 2:13).
Sin embargo, no eran perfectos en sí mismos, sino que habían sido llamados a ser santos.
Las dos cartas escritas a la iglesia de Corinto ponen en claro que estos santos tuvieron a veces
faltas graves, y se hallaban lejos de la santidad y de la separación del pecado, a la que habían
sido llamados. Había entre ellos divisiones, juicios, desórdenes en el culto, y hubo un caso de
escandalosa inmoralidad, de la que se tuvo que ocupar la iglesia. La mayor parte de las otras
iglesias eran mejores que ésta, pero ninguna de ellas era “perfecta,” de modo que Dios tuvo que
dar a su iglesia dones “para la perfección de los santos, para la obra del ministerio” (Efe. 4:12).
Conforme a la enseñanza del Nuevo Testamento, los santos no eran una clase especial de
cristianos que, después de haber obtenido lo que Roma llama “condición heroica de santidad,”
forman una especie de aristocracia espiritual en el cielo, y son puestos por el papa en un catálogo
especial para ser “venerados” e invocados en las oraciones.
El concepto de la santidad en la iglesia católico-romana es muy diferente del del Nuevo
Testamento.
La santidad en la iglesia romana está formada por los que han muerto y viven ahora en el
cielo, donde la palabra “santo” en su sentido de separación es una anomalía, puesto que en el
cielo no hay pecado del que tengan que separarse. La santidad católico-romana sigue a la
beatificación o canonización. La primera consiste en un decreto que autoriza la veneración en
ciertas áreas; la segunda tiene aplicación universal y la veneración es ya obligatoria. Durante
varios siglos eran los obispos los que decidían quienes eran santos; después por un período largo
de tiempo esta prerrogativa se limitó a los arzobispos; hasta que, finalmente, en el siglo once sólo
el papa podía beatificar o canonizar y esto solamente después de haber sometido a severo
escrutinio los relatos de la vida y santidad del que así había de ser honrado. Esto no se hacía, de
ordinario, sino mucho tiempo después de haber muerto la persona. La última etapa tuvo lugar en
el año 1634 en que fueron promulgados oficialmente los reglamentos para la canonización. Tanto
la beatificación como la canonización llevaban consigo gastos de ingentes sumas de dinero para
hacer frente a todo el proceso que se seguía. Para la canonización se requería que el que había de
ser canonizado hubiera obrado por lo menos cuatro milagros que pudieran ser probados.
La más grande de todos los santos es la Virgen María, a quien se tributa un grado de
veneración o culto superior al de todos los otros. Siguen los apóstoles, y después los evangelistas
que sufrieron el martirio en los tres primeros siglos, entre ellos Juan el Bautista, aunque la Biblia
dice de él que “no obró milagros.” Después de estos aumenta rápidamente el número, que
incluye toda clase de hombres y mujeres ermitaños, teólogos, prelados, algunos papas, reyes,
gente humilde, a todos los que se les designa un día en el calendario en que son honrados en
forma especial. Más tarde se instituyó la fiesta de “Todos los Santos,” para honrar a los que no se
les había podido colocar en otro lugar. Tal vez valga la pena hacer notar que la mayor parte de
los que están inscritos en el catálogo de los santos son célibes; los casados son una pequeña
minoría, y es que la idea de la santidad en Roma no siempre coincide con las normas del Nuevo
Testamento.
No se necesita hacer esfuerzos para decidir cuáles de los santos que figuran en el catálogo
romano eran verdaderos santos según el Nuevo Testamento, porque la Palabra de Dios dice:
“No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual también aclarará lo
oculto de las tinieblas, y manifestará los intentos de los corazones: y entonces cada uno tendrá de
Dios la alabanza” (1 Cor. 4:5).
Esta ordenanza se aplica a nosotros lo mismo que al papa, y una cosa es cierta, que todo
“santo” católico-romano que está en el cielo se encuentra allí, no a causa de su propia santidad
heroica ni de la decisión o proclamación del papa, sino porque al igual que nosotros ha confiado
en Cristo como su Salvador y ha sido lavado en su preciosa sangre. Se encuentran allí en él, no
confiando en su propia justicia, sino en la que es por la fe de Cristo, la justicia de Dios por la fe
(Fil. 3:9).
Roma dice que la intercesión que hacen sus santos por nosotros tiene especial eficacia
porque están más cerca de Dios que los cristianos ordinarios, lo cual no es cierta. Todo verdadero
creyente es un santo, que está “en Cristo,” como ya hemos visto; está en Cristo, como los
miembros en el cuerpo; está en Cristo, como los pámpanos en la vid son parte de la vid, de modo
que la vid no estaría completa sin ellos. Jesús dijo: “Si estuviereis en mí, y mis palabras
estuvieren en vosotros, pedid todo lo que quisiereis, y os será hecho” (Juan 15:5 7 . En cuanto a
la oración que se ha de hacer a los que han salido de esta vida, hay que decir lo siguiente.
La oración es una forma de culto, y como ya hemos visto, el mandato de Dios,
confirmado por nuestro Señor Jesucristo, es, “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás.”
En ninguna parte de la Escritura se ordena el culto o la oración a los santos.
Ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento se encuentra un solo caso de invocación a
los santos.
Ni Pedro con Cornelio (Hechos 10:25), ni Pablo y Bernabé con los habitantes de Listra
(Hechos 14:15) permitieron que los hombres se postraran ante ellos. Nuestro Señor Jesucristo si
lo permitió. El leproso le adoró y oró a él (Mat. 8:2). Lo mismo hicieron Jairo (Mat. 9: 18), y los
discípulos después de la tormenta en el lago (Mat. 14:33), y la mujer cananea (Mat. 15:22).
Pablo llama creyentes “a todos los que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo en
cualquier lugar, Señor de ellos y nuestro” (I Cor. 1:2). No se refiere a ellos como “a los que
invocan a María y a los santos.”
Es inútil orar a los santos.
Los santos que han salido de este mundo ni son omnipresentes, ni omniscientes, para
poder oír las oraciones en todas partes. Orar a ellos es concederles atributos que sólo pertenecen
a Dios. Además rebaja el valor y la necesidad de la oración a Dios mismo.
Ni existe evidencia alguna de que tienen poder para ayudar, aunque pudieran oír y
conocer nuestras necesidades.
Solamente una vez se refirió nuestro Señor a la oración a un santo en el paraíso, pero
aquella oración no procedió de la tierra sino del infierno. El rico oró a Abraham primeramente
por sí mismo, y luego por sus hermanos en la tierra, pero ambas oraciones fueron rechazadas
(Lucas 16:23-32).
Saúl trató de conseguir la ayuda de Samuel, después de muerto, porque Dios no le había
oído, pero inútilmente. En I Cró. 10:13, 14, leemos: “Murió Saúl por su rebelión con que
prevaricó contra Jehová, contra la palabra de Jehová, la cual no guardó; y porque consultó al
pitón . . . por esta causa lo mató.” El invocar a los muertos no sólo es inútil, sino que es pecado.
No necesitamos las oraciones de los santos, aunque las pudiéramos conseguir.
El buscar la ayuda de los santos implica la suposición de que Cristo no está dispuesto a
salvarnos o bendecirnos, y que hay que convencerle de ello, lo cual es derogatorio de su amor y
su gracia.
El único apoyo que se necesita es el nombre de Jesús, que es lo más valedero ante Dios.
Pedro (Hechos 2:21) y Pablo (Rom. 10:13) dijeron: “El que invocare el nombre del
Señor, será salvo.”
Nuestro Sumo Sacerdote Jesús) se compadece de nuestras enfermedades, pues fue tentado
en todo como nosotros.
“Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y
hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:15, 16). e) Jesús dijo: “Yo soy el camino. . . nadie
viene al Padre, sino por mí” Juan 14:6). Al hablar así excluyó a todos los demás mediadores.
En resumen: El catálogo romano de los santos podrá tener interés como cosa de la
antigüedad aquí en la tierra; pero no hay ni pizca de evidencia de que tenga validez alguna en el
cielo. En la Escritura no existe nada en apoyo de la idea de que un grupo de almas especialmente
santas tengan acceso a Dios con preferencia al que goza cualquier creyente. No hay nada que
sugiera que ellos puedan oír nuestras oraciones o ayudarnos con su intercesión, y está prohibido
el intentar entrar en contacto con ellos. No necesitamos de otro mediador, pues tenemos a Cristo
como nuestro Sumo Sacerdote, siempre intercediendo por nosotros, listo y con poder para venir
en nuestra ayuda. “Todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por nosotros a gloria
de Dios” (2 Cor. 1:20). “Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de él
vuestro corazón: Dios es nuestro amparo” (Salmo 62:8).
“Tú oyes la oración: a ti vendrá toda carne” (Salmo 65:2).
“Sean notorias vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con
hacimiento de gracias, y la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guardará vuestros
corazones y vuestros entendimientos en Cristo Jesús” (Fil. 4:6)

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