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Imagenes


NO DE LOS ASPECTOS más salientes del catolicismo romano es el culto de las imágenes, que
se encuentran en todas sus iglesias. Existen imágenes de nuestro Señor, de la Virgen María, de
los apóstoles y de muchísimos santos. Todas se proponen como objetos de culto, con todos los
menesteres del culto a su alrededor.
En las páginas del Nuevo Testamento o de los escritos cristianos de los primeros siglos
no se encuentra precedente alguno para esta práctica. Existen evidencias del uso de los símbolos
cristianos desde muy temprano en las catacumbas: un león o un cordero representaba al Señor;
una paloma, al Espíritu Santo; un barco, a la iglesia; un áncora, la esperanza; una hoja de palma,
la victoria; y así otros. Estos símbolos se usaban también en los anillos para sellar y como
decoraciones en los hogares cristianos en vez de los símbolos paganos de los idólatras.
A fines del siglo tercero se pusieron en boga los cuadros para adornar las paredes de los
lugares de culto cristiano, y al parecer, ya en el siglo quinto se usaban como medios visuales para
instruir a los ignorantes en lugar de la literatura escrita que no podían leer. De esto fue muy fácil
pasar a venerarlos o adorarlos como intrínsecamente buenos, debido al decaimiento de la vida
espiritual característico de aquel tiempo. Esta práctica fue sancionada por el Concilio de Nicea
en 787, que anatematizó a los que se opusieran a ello. Este movimiento encontró, sin embargo,
gran resistencia en muchos lugares durante muchos años, hasta que en el año 1562 el Concilio de
Trento publicó un nuevo decreto autorizando la colocación y veneración de las imágenes en las
iglesias, no como objetos de culto en si mismas, sino como una ayuda para adorar a los que ellas
representaban: el culto debía transferirse del objeto a la persona.
Roma justifica el culto a las imágenes diciendo que la prohibición de Exodo 20 no se
aplica más que a las divinidades paganas. Para fomentar esta idea une el primero y segundo
mandamientos del decálogo, haciendo de los dos uno, y el décimo lo divide en dos para
completar el número requerido de diez. Pero este juego de palabras no altera la fuerza de los
mandamientos de Dios.
El Éxodo 20:3 dice: “No tendrás dioses ajenos delante de mi,” y Col. 3:5 demuestra
claramente que esto se aplica no solamente a las imágenes, sino a cualquier cosa que usurpa el
lugar de Dios en nuestros corazones: “Avaricia, que es idolatría.” Éxodo 20:4, 5 contiene dos
prohibiciones:
“No te harás. . .”,
“No te inclinarás a ellas, ni las adoraras.”
A estas dos prohibiciones no se les pone condición alguna, y abarcan toda clase de culto
falso, sin atender al material de que la imagen está hecha, ni si se supone que representan a
Jehová, como era probablemente el caso del becerro de oro de Aarón en el desierto, y de los que
levantó Jeroboam en el reino del norte de Israel en época posterior.
El comentario del mismo Moisés sobre estos mandamientos se halla en Deut. 4:15-19:
“Guardad pues mucho vuestras almas: pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló
con vosotros de en medio del fuego: porque no os corrompáis, y hagáis para vosotros escultura,
imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra, figura de algún animal que sea en la tierra, de
ave alguna alada que vuele por el aire, figura de ningún animal que vaya arrastrando por la tierra,
figura de pez alguno que haya en el agua debajo de la tierra: y porque alzando tus ojos al cielo, y
viendo el sol y la luna y las estrellas, y todo el ejército del cielo, no seas incitado, y te inclines a
ellos, y les sirvas, que Jehová tu Dios los ha concedido a todos los pueblos debajo de todos los
cielos.”
Por lo anterior es claro que Dios prohibe el culto a sí mismo bajo cualquier forma, y que
la prohibición no se refiere solamente a las divinidades paganas. Roma, por consiguiente, actúa
en franca desobediencia al mandato de Dios, al sancionar el culto a las imágenes. No hay
necesidad de preguntar si un culto tal tiene aceptación.
Para cohonestar el culto a la cruz y al crucifijo Roma recurre a Juan 19:37: “Mirarán al
que traspasaron.” Un comentario reciente dice: “Este versículo predice el uso del crucifijo para
mover a los hombres al arrepentimiento de sus pecados y al amor de las heridas del Señor.
Algunos de los hombres malvados que estaban mirando a Jesús fueron movidos a tristeza y se
arrepintieron, como lo han hecho muchos más en la generaciones sucesivas.” Pero Cristo murió
en la cruz, no para mover a los hombres a tener compasión de él. Al dirigirse él al Calvario
llevando sobre su cuerpo la pesada cruz, cuando el cuerpo estaba, ya lacerado y sangriento a
causa de los crueles latigazos que había recibido, “le seguía una gran multitud de pueblo, y de
mujeres, las cuales le lloraban y lamentaban. Mas Jesús, vuelto a ellas, les dice: Hijas de
Jerusalén, no me lloréis a mí, mas llorad por vosotras mismas, y por vuestros hijos. Porque he
aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no engendraron,
y los pechos que no criaron.” La próxima destrucción de Jerusalén las iba a sumergir en un
torbellino de agonía que sería más doloroso que los mismos tormentos físicos de la cruz. La
muerte de nuestro Señor tuvo un propósito mucho más alto que el de mover a compasión de sí
mismo. Fue el precio de nuestra redención y la única manera en que nos podría alcanzar a
nosotros la misericordia de Dios. En Getsemaní él oró así: “Si es posible, pase de mí este vaso.”
Pero no fue posible, porque sólo así se podía obtener nuestra salvación. Después de su
resurrección dijo él a sus discípulos: “¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y
que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y de todos los profetas, declarábales en
todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:26, 27).
En el aposento alto mostró a sus discípulos sus manos y sus pies, y dijo a Tomás: “Mete
tu dedo aquí, y ve mis manos: y alarga acá tu mano, y métela en mi costado: y no sea incrédulo,
sino fiel,” pero no lo hizo para moverlos a compasión, sino con el fin de identificarse, para que
se dieran cuenta de que se trataba de él, y no de un fantasma.
Los relatos de la crucifixión de nuestro Señor se hacen en todos los evangelios con el
mayor recato acerca de los sufrimientos físicos que él debió sobrellevar. La única referencia que
se hace a ellos está en las palabras: “Sed tengo.” Los apóstoles apenas si se refirieron a los
sufrimientos de nuestro Señor para mover las emociones de los hombres, al predicar el
evangelio. El tema de su predicación era la salvación que su muerte había obrado, y pusieron
siempre mucho énfasis en su gloriosa resurrección, como el sello de la misma.
Las representaciones de la muerte de Cristo en la cruz aparecieron primeramente en el
siglo quinto, con el propósito de presentar gráficamente los relatos del evangelio, pero no se
procuró darles mucho realismo. Esta tendencia no apareció hasta el siglo once, y no se desarrolló
sino en el siglo diecisiete, en que un artista español, desentendiéndose de todos los
convencionalismos, pintó las agonías mortales del Señor, dando así la pauta a los que le habían
de seguir tanto en las representaciones de pintura, como de escultura. Estos intentos de
representar realísticamente la agonía de Cristo en la cruz son característicos del catolicismo
romano, que apela grandemente a las emociones. Los crucifijos y calvarios, que son tan
frecuentes en muchos países católico-romanos, tienden a oscurecer el hecho de que los
sufrimientos y muerte expiatoria de nuestro Señor han terminado ya; que resucitó de los muertos,
y ahora está sentado a la diestra del Padre, como Señor resucitado y victorioso; que vive para
siempre intercediendo por nosotros, y presentando en nuestro favor la sangre preciosa que
derramo una vez en la cruz.
La iglesia católico-romana ha hecho con la cruz lo que los israelitas del tiempo de
Ezequías hicieron con la serpiente de metal que Moisés había hecho en el desierto: la adoraron.
No era más que una reliquia, de setecientos años de antigüedad, que era conmemorativa de la
gran gracia de la curación que sus antepasados habían recibido por medio de ella. Pero ahora se
había convertido en una trampa para ellos, que habían tornado en ídolo lo que había sido una
sombra de los sufrimientos de Cristo en la cruz (Juan: 14, 15). A pesar de su antigüedad, de sus
asociaciones históricas y de su significado espiritual, él lo hizo pedazos, y lo llamó Nehustán,
que quiere decir “cosa de me”?(2 Reyes 18:3, 4).
Cuando nuestro Señor vuelva a la tierra, lo que hará con poder y gran gloria, “Solo
Jehová será ensalzado en aquel día, y quitará totalmente los ídolos” (Isa. 2:17, 18); no solamente
los ídolos de los paganos, sino también las imágenes, los ídolos de las iglesias, dondequiera se
hallen.
“Aquel día arrojará el hombre a los topos y murciélagos, sus ídolos de plata y sus ídolos
de oro, que le hicieron para que adorase; y se entrarán en las hendiduras de las rocas y en las
cavernas de las peñas, por la presencia formidable de Jehová, y por el resplandor de su majestad,
cuando se levantare para herir la tierra. Dejaos del hombre, cuyo hálito está en su nariz, porque
¿de qué es él estimado?” (Isaías 2:20-22).

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