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la eucaristia parte 1


“El sacramento de la santa eucaristía es el verdadero cuerpo y sangre de Jesucristo, juntamente
con su alma y divinidad, bajo la apariencia de pan y de vino. La materia de este sacramento es el
pan blanco y el vino de uvas. La forma es: “Este es mi cuerpo,” pronunciada sobre el pan; y
“Esta es mi sangre del pacto nuevo y eterno, el misterio de la fe, que será derramada por vosotros
y por muchos para remisión de pecados,” pronunciada sobre el vino. El cambio del pan y del
vino en el cuerpo y sangre de Cristo tiene lugar cuando el sacerdote en la santa misa pronuncia
las palabras de la consagración ordenada por Cristo en la última cena. Este cambio se llama
transubstanciación, es decir, un cambio no solamente en la figura o apariencia, sino en la
realidad. Nuestro Señor dijo en la última cena: “Este es mi cuerpo.... Esta es mi sangre.” Lo que
parecía pan y vino, dejaron de ser por su palabra lo que parecían, y se tornaron en su cuerpo y
sangre preciosos. Después de la consagración desaparecen el pan y el vino, y en el altar está él
mismo en su lugar, cuerpo y sangre, alma y divinidad, no percibidos por los sentidos, sino
ocultos bajo las apariencias de pan y vino, que permanecen después de haber desaparecido la
sustancia.” (Lo que Creen los Católicos, pág. 37.)
Se sostiene:
i.Que el Señor prometió este sacramento (Juan 6:48-58).
j.Que más tarde lo estableció (Mat. 26:26-28; Mar: 14:22-25; Luc. 22:14-15; Cf. ICor. 11:24,
25).
k.Que Pablo lo confirmó con su testimonio.
La doctrina de la transubstanciación apareció, de hecho, por primera vez en el año 830, y aun
entonces las ideas que se tenían acerca de ella eran muy vagas y diferían unas de otras. La
palabra “transubstanciación” no se hizo de uso común sino hasta el año 830, y la doctrina siguió
en disputa aun después de esa fecha. El Papa Inocencio III la promulgó en 1215, y fue declarada
artículo de fe en 1551 por el Concilio de Trento, que anatematizó a cualquiera que la negara o
pusiera en duda. Pero como Roma pretende basar esta doctrina en las Santas Escrituras,
examinemos los pasajes que ella cita. 1. Juan 6:48-58 se aduce como una profecía de la santa
eucaristía. “Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y son
muertos. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él comiere, no muera. Yo soy
el pan vivo que he descendido del cielo: si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el
pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo. Entonces los judíos
contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos su carne a comer? Y Jesús les dijo: De
cierto, de cierto os digo: Si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y bebiereis su sangre, no
tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le
resucitar en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera
bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mi permanece, y yo en él. Como me envió el
Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. Este
es el pan que descendió del cielo: no como vuestros padres comieron el maná, y son muertos: el
que come de este pan, vivirá eternamente.” Este pasaje contiene ocho referencias a comer, y siete
veces se repite la palabra “carne.” Todas ellas brotaron de los labios de nuestro Señor. A pesar de
ello, negamos rotundamente que constituyan una profecía de la eucaristía católico-romana.
Coloquemos frente a este pasaje las palabras del Señor, que se encuentran en versículos
anteriores de este mismo capítulo, y que forman parte de la misma controversia entre él y los
judíos, que estaban tratando de hacerle repetir el primer milagro de los panes y los peces para
poder comer de balde otra vez. Juan 6:29: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que ha
enviado.” 35: “El que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed
jamás.” 36: “Aunque me habéis visto, no creéis.” 37: “Al que a mí viene, no le echo fuera.” 40:
“Esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga
vida eterna.” 44: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.” 45: “Todo
aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí.” 47: “El que cree en mí, tiene vida eterna.”
Nueve veces encontramos las palabras “cree” y “come” en estos pasajes. La vida eterna es el
resultado de comer su carne y beber su sangre, y vida eterna es también el resultado de creer y
venir en los últimos versículos citados. Por consiguiente, comer de la carne y beber de la sangre
del Hijo del hombre son sinónimos de venir a él y creer en él. En su ceguedad espiritual, los
judíos no entendieron esto y se escandalizaron. Por eso se preguntaron unos a otros:
“¿Cómo puede éste darnos su carne a comer?” Ellos tenían razón por su parte, si es que las
palabras se hubieran de entender en sentido literal, porque comer su carne y beber su sangre no
hubieran sido más que un grosero acto de canibalismo. Algunos de los discípulos de nuestro
Señor también se escandalizaron por sus palabras, y dijeron: “Dura es esta palabra: ¿quién la
puede oír?” Pero el Señor dio la explicación a los que la quisieron recibir, como antes lo había
hecho con las parábolas contendidas en Mat. 13, al decirles: “El espíritu es el que da vida; la
carne nada aprovecha: las palabras que yo os he hablado, son espíritu, y son vida” (Juan 6:63).
Las palabras que Pedro dijo, hablando en su propio nombre y en el de los otros apóstoles,
demostraron que ellos habían interpretado el significado de las palabras de nuestro Señor como
“venir” a Cristo y “creer” en él: “Señor, ¿a quién iremos? tú tienes palabras de vida eterna.” En
el versículo 57 de este capítulo 6 de San Juan, nuestro Señor les dijo: “Como yo vivo por el
Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí.” ¿Cómo vivió Cristo por el Padre?
No comiendo físicamente de él, sino por la fe en él y en su palabra. 2. Vengamos ahora a los
pasajes que Roma cita sobre el hecho mismo de la institución de la santa comunión o eucaristía.
Mat. 26:26-29: “Y comiendo ellos, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus
discípulos, y dijo: Tomad, comed, esto es mi cuerpo. Y tomando el vaso, y hechas gracias, les
dio, diciendo: Bebed de él todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto; la cual es derramada
por muchos para remisión de los pecados. Y os digo, que desde ahora no beberé más de este
fruto de la vid, hasta aquel día, cuando lo tengo de beber nuevo con vosotros en el reino de mi
Padre.” Marcos 14:22-25: “Y estando ellos comiendo, tomó Jesús pan, y bendiciendo, partió y
les dio, y dijo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando el vaso, habiendo hecho gracias, les dio: y
bebieron de él todos. Y les dice: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es
derramada. De cierto os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta aquel día cuando lo
beberé nuevo en el reino de Dios.” Lucas 22:19, 20. “Y tomando el pan, habiendo dado gracias,
partió, y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado: haced esto en memoria
de mi. Asimismo también el vaso, después que hubo cenado, diciendo: Este vaso es el nuevo
pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.” I Cor. 11:23-26. “El Señor Jesús, la noche que
fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed: esto es mi
cuerpo que por vosotros es partido: haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la
copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre: haced esto
todas las veces que bebiereis, en memoria de mi. Porque todas las veces que comiereis este pan,
y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga.” Probablemente lo primero
que debemos observar en estos pasajes son las palabras “bendijo” y “habiendo dado gracias” que
se emplean indistintamente, y que la palabra griega por “bendijo“’ es “euloges,” alabar. La
acción de gracias y la bendición o alabanza están dirigidas a Dios. Roma sostiene que se
bendicen el pan y el vino, y que por esa bendición se transforman en algo diferente, que es
cuerpo y sangre. Sin embargo el lenguaje que aquí se usa no permite esta interpretación. La
acción de gracias y alabanza fue dirigida a Dios, de la misma manera que nuestro Señor dio
gracias por los panes y los peces, al dar de comer a la multitud. Lo segundo a lo que debemos
llamar la atención son las palabras que usó nuestro Señor, después de la acción de gracias: “Esto
es mi cuerpo,” “Esto es mi sangre del nuevo pacto.” ¿Quiso él decir que él tenía en sus manos su
verdadero cuerpo y sangre, cuando se encontraba él mismo en medio de ellos en el mismo
cuerpo en que había vivido durante los años que ellos le habían estado siguiendo? -¡Increíble! En
la Santa Escritura encontramos que nuestro Señor empleó muchas veces esta misma construcción
gramatical, usando el verbo “ser” en el sentido de “representar,” y no puede tener otro
significado. Génesis 41:26. “Las siete vacas hermosas siete años son; y las espigas hermosas son
siete años.” Génesis 49:9, 14. “Cachorro de león (es) Judá.” “Issachar (es) asno huesudo.” Daniel
7:24. “Los diez cuernos son diez reyes” (Nácar-Colunga) . Salmo 84:11 “Sol y escudó es Jehová
Dios.”
Salmo 119:105. “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.” Mateo 13:8.
“El campo es el mundo; y la buena simiente son los hijos del reino.” Rom. 3:13. “Sepulcro
abierto es su garganta.” Juan 10:9. “Yo soy la puerta.” Juan 15:1. “Yo soy la vid verdadera.”
En el lenguaje ordinario usamos también nosotros con frecuencia esta misma figura de
dicción, y decimos, mirando el plano de una casa: “Este es el comedor y esta es la cocina. “O
mirando una fotografía, decimos: “Este es fulano o zutano.” Al hablar así, hablamos como habló
nuestro Señor al tomar el pan y el vino. En realidad él no habló del vino, sino de la copa, cuando
dijo: “Esto es mi sangre del nuevo pacto.” Otro punto al que debemos llamar la atención es el
hecho de que nuestro Señor llamó el vino “fruto de la vid,” al decir: “Desde ahora no beberé más
de este {fruto de la vid, hasta aquel día, cuando lo tengo de beber nuevo con vosotros en el reino
de mi Padre.” Lo mismo hizo Pablo cuando, al hablar de los elementos del pan y del vino, dijo:
“Todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis
hasta que venga” (I Cor. 11:26). Roma afirma que la transubstanciación es el más grande de
todos los milagros. Toda la evidencia de la Palabra de Dios y de la experiencia demuestra que no
se trata de un milagro, sino de un absoluto error. Nuestro Señor obró muchos milagros mientras
estuvo en la tierra, pero todos ellos llevan el sello de su propia evidencia. Los ciegos vieron, los
cojos anduvieron, los muertos resucitaron a una vida activa, el pan se multiplicó a la vista de
millares de personas. La resurrección de nuestro Señor fue un milagro poderoso, tan poderoso
que aun los mismos que le conocieron mejor dudaron de él en un principio. ¿Cómo disipó él
aquellas dudas? “Palpada, y ve; que el espíritu ni tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo”
(Luc. 24:39j. Al incrédulo Tomás le dijo: “Mete tu dedo aquí, y ve mis manos: y alarga acá tu
mano, y métela en mi costado: y no seas incrédulo, sino fiel” (Juan 20:27). Nuestro Señor dijo a
sus discípulos que aplicaran sus facultades ordinarias de crítica para probar la realidad de su
resurrección. No es esto lo que hace la iglesia romana en relación con la eucaristía. El pan y el
vino no pierden su apariencia, forma, gusto, olor, peso ni color después de haber sido bendecidos
por el sacerdote; y todas las demás cualidades que se perciben por los sentidos son exactamente
las mismas de antes; pero el católico tiene que rechazar la evidencia de todos sus sentidos, o ser
anatematizado. Lo que perciben los sentidos son lo que la iglesia romana llama “accidentes.’
Cuando el Señor convirtió el agua en vino en las bodas de Caná de Galilea, no hubo
“accidentes.” “El maestresala gustó el agua hecha vino, que no sabía de dónde era.... el
maestresala llama al esposo, y dísele: Todo hombre pone primero el buen vino, y cuando están
satisfechos, entonces lo que es peor; mas tú has guardado el buen vino hasta ahora” (Juan 2:9,
10). La iglesia católico-romana habla de la presencia real del Señor en los elementos
sacramentales; pero de las palabras del apóstol Pablo en 1 Cor. 11:26 aprendemos lo contrario,
pues él nos recuerda más bien la ausencia del Señor. “Haced esto en memoria de mí, porque
todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta
que venga” (I Cor. 11:25, 26). No necesitamos recordar a un amigo que está con nosotros, el
recuerdo tiene lugar cuando una persona está ausente, y esto es lo que acontece con el Señor y
esta fiesta recordatoria. El “subió sobre todos los cielos” (Efe. 4:10) a los cuarenta días después
de su resurrección, pero lo hizo “para cumplir todas las cosas,” y en el sentido de su inminencia
divina, está tan cerca de nosotros hoy como lo estuvo de sus discípulos del pasado; pero aún
tiene en los cielos, “a la diestra de la Majestad en las alturas” (Heb. 1:3), el mismo cuerpo
glorificado que tuvo en la tierra, y allí está sentado como nuestro Gran Sumo Sacerdote, para
hacer intercesión por nosotros para siempre (Heb. 7:25). “Al cual de cierto es menester que el
cielo tenga hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, que habló Dios por boca de
sus santos profetas que han sido desde el siglo” (Hechos 3:21). Su cuerpo humano glorificado no
está en la eucaristía, sino a la diestra del Padre “para presentarse ahora por nosotros en la
presencia de Dios” (Heb. 9:24).

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