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El Canon de la escritura


“NOSOTROS NO PODRIAMOS saber con certeza divina qué libros constituyen las Escrituras
inspiradas, o si los ejemplares que poseemos convienen con los originales si no tuviéramos la
interpretación de una enseñanza apostólica, divina e infalible, distinta de la misma Biblia.”
Buzón de Preguntas, pág. 76 (La Prensa Paulista, Nueva York).
Inútil es decir que Roma afirma que ella posee “la enseñanza apostólica, divina e
infalible,” que puede enseñar con “certeza divina, qué libros constituyen las Escrituras
inspiradas.” No se la puede tachar de excesivamente modesta. En el capítulo VIII trataremos la
cuestión de su infalibilidad. Bástenos decir por ahora que los protestantes no pueden aceptar
razonablemente lo que ella reclama, que es evidentemente falso, por razones que en ese capítulo
se exponen aunque en forma deficiente. El hecho de que ella da a la tradición de la iglesia la
misma autoridad que a la Palabra de Dios escrita (Capitulo III) hace que no se pueda confiar en
su autoridad para enseñar, mucho menos tenerla como infalible, y su aceptación de los libros
apócrifos como parte de las Escrituras canónicas aumenta la falta de confianza en ella como guía.
Si rechazamos la autoridad de Roma para decidir qué libros son canónicos y cuales no lo son, ¿a
qué autoridad podremos recurrir? Esta pregunta tiene su peso y no puede ser contestada en unas
pocas palabras. Hagámosla frente, tratando primeramente del Antiguo Testamento.
Los libros del Antiguo Testamento desde el Génesis a Malaquías fueron escritos en un período
aproximado de unos mil años, y no es posible precisar con certeza quiénes fueron los autores
humanos de algunos de ellos, especialmente de los últimos libros histéricos. Nos traen a la
memoria muchas de nuestras antiguas catedrales, cuyos arquitectos permanecen anónimos,
aunque los edificios que construyeron, a veces durante siglos, nos llenan de asombro y respeto.
El historiador Josefo, nacido el año 37, y la tradición judaica, así como la evidencia interna,
señalan a Esdras como el que probablemente coleccionó los diferentes escritos del Antiguo
Testamento en lo que era reconocido como el canon de la Escritura en el tiempo de nuestro
Señor y sus apóstoles. A esta colección de escritos fue a la que recurrió constantemente nuestro
Señor como las “Escrituras,” a las que llamaba “La Palabra de Dios.” Estas Escrituras hebreas,
en uso mucho antes de que naciera nuestro Señor, contenían todos los libros que se encuentran
en nuestro Antiguo Testamento, llamado protestante, aunque no en el mismo orden.
Las Escrituras hebreas fueron traducidas al griego en Alejandría, entre los años 285 y 247
A. C., para que fueran usadas en el mundo de habla griega, y fueron agregados a ellas un número
de libros apócrifos, escritos después de haber sido completado el canon del Antiguo Testamento.
Los judíos de Palestina se negaron a reconocer estos libros como parte de las Escrituras. Tanto
las Escrituras hebreas como las griegas de los Setenta estaban en uso corriente en tiempo de
nuestro Señor y sus apóstoles. El y sus discípulos en sus escritos citaron las Escrituras del
Antiguo Testamento unas trescientas cincuenta veces. De estas citas unas trescientas fueron
tomadas de la versión de los Setenta, pero ni una sola vez citaron de los libros apócrifos. Es
cierto que este argumento es meramente negativo, pero es demasiado significativo para ser
pasado por alto, y él solo tiene más peso contra la autoridad divina de los apócrifos que todos los
pronunciamientos positivos en contrario hechos por papas y concilios falibles en tiempos en que
se había extendido y ahondado la corrupción de las costumbres y de la doctrina.
Cuando Jerónimo tradujo la Biblia al latín en los años 382-404, no tradujo los libros
apócrifos, y se negó a reconocer su canonicidad juntamente con algunos de sus contemporáneos
y otros que les siguieron. La traducción de estos libros al latín fue hecha por otros, y Jerónimo no
tiene responsabilidad alguna por su inclusión en la versión Vulgata de la Biblia.
Aunque en algunos escritos de la primitiva iglesia se encuentran referencias a los escritos
apócrifos, no se encuentran enumerados como parte del Antiguo Testamento hasta la celebración
de los concilios de Laodicea y Cartago en los años 363 y 397, y aun esto no significa que fueran
aceptados generalmente, de modo que la controversia continuó. Los reformadores los rechazaron
en el siglo 16, y el Concilio de Trento, convocado específicamente para frenar el movimiento de
la Reforma, reafirmó su canonicidad. Los libros apócrifos nunca han sido aceptados en forma
universal, y ningún decreto papal les puede dar la autoridad que intrínsecamente no poseen.
Los libros canónicos del Nuevo Testamento fueron escritos durante un período de unos
cuarenta años. Unos pocos aparecieron primeramente en Palestina, un número mayor en Asia
Menor, otros en Grecia y algunos en Roma. Las epístolas fueron dirigidas a veces a algunas
iglesias en particular, aunque no faltan indicaciones de que se intentó que, por lo menos algunas
de ellas, tuvieran una circulación más amplia. (Véase Col. 4:16 y I Tes. 5:27.) Otras fueron
dirigidas a individuos, aunque las verdades que en ellas se exponen tienen una aplicación
universal, de modo que no nos extraña el encontrarlas ampliamente difundidas en el curso de los
años y reconocidas como divinamente inspiradas y con autoridad divina. Este proceso de
difusión no fue muy rápido en los tiempos en que las comunicaciones eran morosas y difíciles, y
sin embargo, antes de haber sido escrito todo el Nuevo Testamento, hallamos que el apóstol
Pedro clasifica las epístolas de Pablo juntamente con los libros del Antiguo Testamento como las
“Escrituras” (2 Pedro 3:15, 16).
Por los escritos de los padres de la primitiva iglesia podemos colegir cómo se introdujo su
uso en las iglesias y cómo se extendió su influencia:
Clemente Romano (año 95) hace referencia a Mateo, Lucas, Romanos, I y 2 Corintios,
Hebreos, I Timoteo y I Pedro.
Policarpo (año 110) reproduce frases de diez de las epístolas de Pablo y I Pedro.
Ignacio (hacia el año 110) cita a Mateo, I Pedro, 1 Juan, y nueve de las epístolas de Pablo, y en
sus cartas se echa de ver la huella de los otros tres Evangelios.
Ireneo (años 130-200) cita la mayor parte de los libros del Nuevo Testamento, que en su
tiempo ya era conocido como “Los Evangelios y los Apóstoles,” así como los libros del Antiguo
Testamento eran conocidos como “La Ley y los Profetas.”
Tertuliano de Cartago (años 160-200), que vivía cuando aún eran conocidos los originales de las
epístolas, habla de las Escrituras cristianas como el Nuevo Testamento.
Orígenes de Alejandría (años 185-254) aceptó la autoridad de los veintisiete libros del
Nuevo Testamento tal como nosotros los tenemos ahora, aunque no estaba seguro de quién
escribió la carta a los Hebreos, (como no lo estamos nosotros ahora, aunque aceptamos su
inspiración divina), y estuvo en duda acerca de Santiago, 2 Pedro, y 2 y 3 Juan.
Eusebio de Cesarea (años 264-340), que vivió durante la persecución de Diocleciano,
preparó quince Biblias para el Emperador Constantino, escritas por copistas muy cuidadosos, en
cuyo Nuevo Testamento figuraban todos los libros de nuestro Nuevo Testamento, y ninguno
más, aunque entonces algunos dudaban también de la inspiración de Santiago, 2 Pedro, 2 y 3
Juan.
Así vemos que, aun antes de los concilios de Laodicea y Cartago, el Nuevo Testamento
tal cual le tenemos ahora nosotros era reconocido como canónico y con autoridad divina, con
algunas dudas sobre cuatro de las epístolas menores.
El Concilio de Cartago (año 397) ratificó formalmente los veintisiete libros como nosotros los
tenemos ahora, pero nótese bien que él no formó el canon, sino que solamente ratificó el juicio
de las iglesias, y aceptó para sí el Nuevo Testamento como la Palabra de Dios inspirada.
Hasta entonces no había surgido el papado. El primero que reclamó para sí la supremacía
sobre toda la iglesia fue León I, que fue obispo de Roma de 440 a 461. Pero pasaron muchos,
muchos años antes de que tal supremacía fuera reconocida, y aun entonces únicamente por las
iglesias occidentales. La iglesia de Roma, tal como existe hoy día, no era conocida cuando fue
reconocida y aceptada la canonicidad del Nuevo Testamento.
De esta manera la iglesia cristiana aceptó universalmente el canon del Antiguo y Nuevo
Testamento mucho antes de que naciera el papado. La iglesia cristiana en todo el mundo no
depende de Roma para tener la certeza de cuáles son los libros que constituyen las Escrituras
inspiradas. La Biblia lleva en sí el sello de su autenticidad y tiene autoridad intrínseca para la
iglesia de Dios en todas partes. Ha demostrado su autoridad en el corazón de los hombres, y
como dijo Coleridge: “Ella me encontró a mí.” Los milagros espirituales que ha obrado a medida
que ha sido leída, predicada y expuesta en el mundo son su mejor demostración. Spurgeon dijo
en cierta ocasión: “La Biblia no necesita defensa. Es como un león; suéltenla.”

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