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Inmaculada concepcion

EL PADRE JESUITA E.R. HULL DICE:
“La doctrina de la Inmaculada Concepción significa sencillamente que nuestra Señora, por razón
de su exaltado oficio, fue dotada de la gracia de Dios desde el primer momento de su existencia,
en vez de ser concebida y nacer con pecado original . . De aquí no podemos inferir que María no
debió su redención a la muerte de Cristo, sino únicamente que la gracia de la redención le fue
concedida de antemano en previsión de los futuros méritos de Cristo.” (¿Qué es la Iglesia
Cristiana?, pág., 35. Catholic Truth Society.)
Buscando un pasaje bíblico para contestar esta doctrina, dice un comentario sobre Lucas
1:28: “Entrando el ángel adonde estaba, dijo: ’¡Salve, muy favorecida! el Señor es contigo:’
“Las palabras ’muy favorecida, el Señor es contigo’ encierran el significado oculto; ’tú
eres sin pecado original.' Implican también que María estuvo libre de pecado desde su
nacimiento hasta su muerte.”
Todo lo que podemos decir en respuesta es que se necesita más que afirmaciones sin
prueba para convertir una ficción en una realidad. La realidad es que nuestro Señor fue sin
pecado (2 Cor. 5:21), concebido por el Espíritu Santo (Lucas 1:35); pero su madre fue pecadora
por su nacimiento natural, aunque fue una mujer santa y muy favorecida al ser escogida para ser
madre de la naturaleza humana de nuestro señor. Las palabras “Salve, muy favorecida,” quieren
decir lo que significan, que fue bendecida entre las mujeres; pero no hay base alguna para leer en
ellas el “significado oculto” que Roma les quiere dar, de que fue concebida sin pecado. No hay
apoyo alguno en la Escritura o en la historia para sostener tal interpretación. La verdad es que ni
siquiera es una interpretación, sino un atrevido aditamento romanista, que no tiene relación
alguna con las palabras. Las Escrituras no sólo no atribuyen a María la exención de pecado, sino
que afirman algo muy diferente.
En su cántico de acción de gracias, María dijo:
“Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se alegró en Dios mi Salvador.” La
salvación no la necesitan más que los pecadores, y María conocía su necesidad, y la expresó
sencilla y naturalmente.
Cuando ella fue al templo con José para el rito de la purificación, según la ley, llevó una
ofrendade sangre, que en sí misma es el reconocimiento de su pecado y de la necesidad de la
expiación (Luc. 2:2224).
En Romanos 8:3 leemos: “Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado.”
Algunos de las ascendientes de nuestro Señor fueron grandes y nobles, pero otros fueron ruines,
y en esta línea de luces y sombras nació al mundo nuestro Señor. Esto lo representa con exactitud
la carne pecadora. Entre los ascendientes de nuestro Señor hubo tres mujeres adúlteras: Thamar
(Mat. 1:3, cf. Génesis 38:16), Rachab (Mat. 1:5, cf. Josué 2:1) y Bath-sheba (Mat. 1:6, cf. 2 Sam.
11:4); pero encontraron misericordia y gracia. Se puede contar con los dedos de la mano los
nombres de los ascendientes de nuestro Señor, de los que se nos dan detalles en el Antiguo
Testamento, que no hubieran caído en pecado en una u otra ocasión. El Nuevo Testamento nos
representa a María como una doncella pura, temerosa de Dios, pero que, a pesar de ello,
necesitaba la salvación como los demás. De María nunca se dijo: “Que no tuvo pecado,” como se
dijo del Hijo que ella dio a luz, y nosotros no podemos decir tal cosa de María, teniendo en
cuenta los muchos pasajes que nos hablan de la universalidad del pecado humano. (Salmo 51:5;
Isa. 53:6; Juan 3:6, y Rom. 5:12,).
Aunque nos podemos dar cuenta del estado de ánimo de María, viviendo en el hogar con
los hermanos de Cristo que no creían en él (Juan 7:5), parece que no obró del todo correctamente
cuando fue con ellos a contener a nuestro Señor y llevarle a casa, aun por la fuerza si fuera
necesario. Cuando la multitud le dijo que se madre y sus hermanos estaban fuera, buscándole, él
dijo: “¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados alrededor de
él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que hiciera la voluntad de Dios,
éste es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.” (Marcos 3:21 y 31-35.) Parece que ella fue con
los hermanos a contenerle, movida de una ansiedad natural y tal vez presionada por ellos. No
obró ella entonces por fe sino por miedo, y al hacer lo que hizo no estuvo dentro de la voluntad
de Dios.
Hasta aquí hemos dado el testimonio de la Escritura. Veamos ahora lo que dice la historia
posterior. A juzgar por los escritos de los padres de la iglesia es evidente que María fue tenida
por una mujer virtuosa, lo mismo que otras mujeres que eran virtuosas, hasta el siglo quinto; pero
tenía pecado y podía pecar. Desde el siglo sexto hasta el siglo doce se sostuvo que ella tuvo
pecado original, pero que por protección divina fue preservada del pecado personal. La fiesta de
la inmaculada Concepción no se observó el 8 de Diciembre por la iglesia romana hasta
comienzos del siglo doce. Durante los siglos trece y catorce continuaron las discusiones sobre
este asunto. Algunos de los papas 'infalibles' anteriores habían mantenido que ella tuvo pecado
original, y se citan más de doscientos teólogos que sostuvieron esta misma doctrina. A pesar de
todo ello, el 8 de Diciembre de 1854 el papa promulgó la doctrina de la inmaculada concepción,
como artículo de fe que debía ser recibido y creído por todos. Como se trataba de una definición
oficial, ésta era también infalible. No obstante la infalibilidad papal, es cierto que esta doctrina es
falsa y carece de todo fundamento bíblico, a juzgar por todas las evidencias de que disponemos.
María llegó a ser la madre de nuestro Señor, no porque era inmaculada, sino por una admirable
dignación de Dios con una mujer, débil en si, pero fuerte por su fe en Dios, y su disposición para
hacer la voluntad de Dios a toda costa.

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