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las formas del culto


“La hora viene, cuando ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. La hora viene, y
ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque
también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en
espíritu y en verdad es necesario que adoren.” (Juan 4:21, 23,24).
LA IGLESIA DE ROMA da mucha importancia y magnificencia a los lugares del culto,
y hay muchas cosas en las formas de su culto que no tuvieron lugar en la iglesia de los tiempos
apostólicos, por ejemplo, el uso de las vestiduras, el ritual complicado, las velas y lámparas
encendidas, el incienso, el agua bendita, las oraciones y letanías en latín, las cruces y las
imágenes, las genuflexiones y postraciones, las procesiones no sólo en las iglesias sino también
fuera en las calles, las peregrinaciones a los santuarios y lugares santos.
Lo que en realidad importa en el culto, como se lo dijo nuestro Señor a la samaritana, es
que se haga en espíritu y en verdad. Los hombres pueden fácilmente adorarle con los labios y
con actos externos, mientras su corazón está lejos de él. No es de admirar, por consiguiente, que
se diga tan poco sobre las formas del culto en el Nuevo Testamento. Parece como si hubiera
habido en ello un propósito divino, para que hubiera lugar, dentro de la unidad de la iglesia
universal, a esa variedad de formas en el culto en las cosas no esenciales. Esta misma variedad
en la unidad se echa de ver en la obra de las manos de Dios: un gran árbol, con sus innumerables
hojas, todas las cuales tienen las mismas características, y sin embargo, no hay dos de ellas
iguales. La pauta de Dios para su iglesia parece que fue: “En las cosas esenciales, unidad; en las
no esenciales, libertad; en todas, caridad.” De esta manera dijo Pablo, escribiendo a los corintios
acerca de la circuncisión: “¿Es llamado alguno circuncidado? quédese circunciso. ¿Es llamado
alguno incircuncidado? que no se circuncide. La circuncisión nada es, y la incircuncisión nada
es; sino la observancia de los mandamientos de Dios” (1 Cor. 7:18,19).
En otra parte escribe acerca del comer carne, que unos condenaban y otros permitían: “Si bien la
vianda no nos hace más aceptos a Dios: porque ni que comamos, seremos más ricos, ni que no
comamos, seremos más pobres” (1 Cor. 8:8).
Escribiendo a la iglesia de Roma, dice:
“Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada una esté
asegurado en su ánimo. El que hace caso del día, hácelo para el Señor: y el que no hace caso del
día, no lo hace para el Señor. Mas tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué
menosprecias a tu hermano? porque todos hemos de estar ante el tribunal de Cristo. Así que, no
juzguemos más los unos de los otros: antes bien juzgad de no poner tropiezo o escándalo al
hermano” (Rom. 14:5, 6, 10, 13).
Debemos confrontar todas las cosas con la Palabra de Dios. Las cosas que ella permite,
debemos permitirlas, aunque no nos agraden personalmente; las cosas que la Escritura no
permite, tampoco debemos permitirlas nosotros. Demos esta libertad a los demás, y
reclamémosla para nosotros mismos.
En la Escritura hay una regla acerca del culto en conjunto que es bien clara. Se encuentra
en 1 Cor. 14:33 y 40: “Dios no es Dios de disensión, sino de paz; como en todas las iglesias de
los santos.... Hágase todo decentemente y con orden.”
Este mandato obliga a todos los cristianos de cualquier denominación o lugar. La iglesia
católico-romana es monolítica en la unidad de su culto, y sus normas deben aplicarse
estrictamente en todos los lugares a ella sujetos. Todos deben someterse a sus instrucciones, o
abandonarla, como lo han hecho muchos a través de los siglos. Las iglesias protestantes gozan de
varias diferencias evidentes en el orden y forma de su culto eclesiástico, a causa de la mayor
libertad eclesiástica. Roma ofrece una uniformidad férrea en sus formas; las iglesias protestantes,
variedad en las formas con unidad en la fe. Por debajo de la diversidad aparente entre los
cristianos evangélicos, existe entre ellos una unidad esencial. Examinemos algunas de las
características del culto católico-romano a la luz de la Escritura.
Las vestiduras. El uso de éstas es obligatorio, y toda persona ordenada debe usar las
vestiduras que se señalan para su cargo particular. Algunas de ellas son muy costosas,
especialmente las de los clérigos de rangos superiores. Las vestiduras vistosas, que usan los
sacerdotes al ejercer sus funciones, atraen a mucha gente por la similaridad que tienen con las
vestiduras que se usan en las cortes de los reyes, que indican autoridad en las personas que las
llevan. También tienden a exaltar al sacerdote como un objeto de veneración. No es necesario
decir que esta clase de vestimenta no tiene lugar en el relato evangélico de la primitiva iglesia.
Nuestro mismo Señor estuvo entre la gente y obró con su gran poder, vestido sencillamente
como sus paisanos.
En la historia de la crucifixión se nos exhibe la escasa cantidad de ropa de que disponía.
Pedro vestía también las ropas ordinarias del pescador (Juan 21:7). Pablo se hizo “todo a todos,
para que de todo punto salve a algunos” (I Cor. 9:22). La descripción que hace de la condición en
que se hallaba frecuentemente de “frío y desnudez” por amor al evangelio (2 Cor. 11:27), y la
petición que hizo a Timoteo de que le trajera el capote que había dejado en Troas en su camino a
Roma, no dan idea de que tuviera gran cantidad de ropa, sino que vivía con la misma sencillez
que había caracterizado a su Señor (I Tim. 4:13). Según el Buzón de Preguntas, las vestiduras
que usa hoy día el sacerdote en la misa, excepto el amito, representan el vestido diario que de
ordinario se usaba en Roma en el siglo segundo. Únicamente ha desaparecido la toga, y hasta el
siglo noveno en adelante no se insinuó que simbolizaran las virtudes sacerdotales. (Buzón de
Preguntas, pág. 273.)
El ritual. Para cada acto del culto hay un rito determinado en la iglesia de Roma. En
tiempo de nuestro Señor no fue así. El condenó a los judíos de su tiempo porque añadían a la ley
divina ceremonias sin valor (Marcos 7:2-13). El no instituyó más que dos sacramentos, ambos
sencillos y sin ostentación. Todo el ritual del antiguo templo judío, con su altar e incensarios, su
patio interior y lugar santo, su arca de la alianza y el asiento de la misericordia colocado en ella,
han dejado de ser, porque se cumplieron en Cristo, y ya no tienen lugar en el culto cristiano.
Las lámparas y las velas. El uso de estas cosas procede del antiguo rito del culto al dios
sol, y hasta nuestros días muchas religiones paganas usan velas encendidas en su culto de cada
día. Las velas no tuvieron lugar en el culto cristiano en los cuatro primeros siglos. Un escritor
cristiano del siglo cuarto hace mofa del culto de la antigua Roma, diciendo que usaban lámparas
y velas, porque sus dioses habían nacido en las tinieblas. Si en su tiempo se hubieran usado velas
en la iglesia, no se hubiera podido reír de los paganos porque lo hacían.
El incienso. El incienso que se usaba en el culto del templo judío era figura de los
méritos de nuestro Señor, en virtud de los cuales Dios acepta nuestro culto y nuestras oraciones
(Apoc, 8:3, 4). Ha hallado su cumplimiento en la obra meritoria de Cristo por nosotros en el
mismo cielo, y al igual que otras cosas simbólicas, no tiene lugar en el culto cristiano ni
fundamento bíblico.
El agua bendita. El agua bendita que se usa hoy día en las iglesias católico-romanas, y
en la que los fieles mojan el dedo para hacer la señal de la cruz sobre sí mismos, es agua
ordinaria, a la que se ha añadido un poco de sal antes de ser bendecida por el sacerdote. Ni el
Nuevo Testamento, ni ninguno de los padres de la primitiva iglesia apoyan esto, ni tampoco el
llevar el agua a la casa, como se hace en algunos lugares, para rociar con ella el hogar y la tierra,
y aun el ganado y las cosechas para protegerlas de malas influencias. Esto es tan supersticioso
como 1o era el colocar el agua santa fuera de los templos de la Roma pagana, y que se usaba con
el mismo fin.
La señal de la cruz. Desde el siglo tercero los romanistas han usado un dedo de la mano
derecha para hacer la señal de la cruz en la frente y en el pecho, diciendo al mismo tiempo: “En
el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo,” como fórmula de bendición. La señal de la
cruz se usa muchas veces en el culto católico-romano, más de diez veces en la misa, por ejemplo.
Pero no ha sido ordenado por Dios como acto de culto, ni tiene valor intrínseco alguno.
El culto en latín. El latín fue, como es sabido, la lengua de la antigua Roma, pero ya hace
muchos, muchos años, es lengua muerta, que no se habla en ningún país del mundo hoy día. El
latín era la lengua oficial del gobierno, y poco a poco se extendió por toda Europa como medio
general de comunicación, mientras el griego era el lenguaje comercial en tiempo de nuestro
Señor. Con el tiempo, sin embargo, se hizo general el uso de las lenguas nacionales, y al llegar a
los países eslavos los misioneros en el siglo noveno, como fueron muchos los que aceptaron el
cristianismo, elevaron una petición al Papa para que autorizase el uso de sus propias lenguas en
el culto. La petición fue concedida, pero dos siglos después se les quito la autorización, y desde
entonces ha sido obligatorio el uso del latín en los servicios litúrgicos romanos. El Concilio de
Trento en 1562 decretó que todas las misas deberían ser dichas en latín. Con esto se controlaban
fácilmente las iglesias y las doctrinas que en ellas se enseñaban. El resultado ha sido que se han
cerrado las puertas de la instrucción a incontables millones.
Las Santas Escrituras ponen bien en claro:
Que nuestras oraciones y nuestro culto deben ser espirituales, inteligentes y sinceros, no
meramente emocionales; por lo tanto la lengua que se usa debe ser entendida con facilidad (1
Cor. 14:14; Juan 4:24).
Pablo repite con frecuencia que todo lo que se haga en el culto, debe servir para la
edificación (I Cor. 14:5, 12, 17 y 26; Rom. 14:19; 2 Cor. 12:19b); ¿pero cómo pueden servir de
edificación a los que asisten al culto, si no entienden lo que dice el sacerdote?
Pablo también dice: “Si por la lengua no diereis palabra bien edificante, ¿cómo se
entenderá lo que se dice? porque hablaréis al aire” (I Cor. 14:9). “En la iglesia más quiero hablar
cinco palabras con mi sentido, para que enseñe también a los otros, que diez mil palabras en
lengua desconocida” (1 Cor. 14:19).
Una vez más dice que el que adora debe entender lo que se ora o canta (I Cor. 14:15), o
predica (I Cor. 14:24), porque solamente de esta manera puede apreciar lo que se hace (1 Cor.
14:16 y 25).
Cuando el sacerdote dice la misa, no solamente habla en latín, sino que está de espaldas al
pueblo, de modo que aunque hable alto no es fácil oírle, mucho menos entender lo que dice.
Roma afirma en realidad que no es de importancia que el que participa en el culto entienda lo
que el sacerdote dice o hace. Basta con que lo vea, pues las palabras que se dicen no se dirigen a
los hombres sino a Dios. No es esto lo que enseña el apóstol Pablo, pues en I Cor. 10:16 dice:
“La copa de bendición que bendecimos,” lo que implica que los que están participando de la
comunión participan también en la acción de gracias, lo que no sería posible si la acción de
gracias se hacía en una lengua desconocida, o tan lejos que no se podía oír.
Las procesiones. Roma da mucha importancia a las procesiones, tanto dentro de las
paredes de las iglesias como fuera de ellas, con gran despliegue de cruces y estandartes,
incensarios e imágenes, juntamente con la hostia, ante la que se arrodillan y a la que adoran las
multitudes que la rodean. En las procesiones no hay nada intrínsecamente malo, la verdad es que
nuestro Señor fue la figura central de una de ellas, cuando se presentó a la nación judía como su
Mesías, cabalgando en asno hasta Jerusalén en cumplimiento de la profecía de Zacarías. En el
culto cristiano, sin embargo, no tienen lugar, y cuando se mezclan, como lo hace Roma, con
tantas cosas que están prohibidas en las Escrituras y son de índole idólatra, son completamente
ajenas al culto que es acepto a Dios.
Las peregrinaciones. No tenemos más que volver la vista al texto bíblico que encabeza
este capítulo para ver cuán opuestas son al culto espiritual. La mayor parte de las veces se hacen
para conseguir alguna indulgencia romanista, y para orar en algún santuario, lo que es contrario
al mandato expreso de Dios. ¿Cómo pueden ser medio para conseguir gracia?

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