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La tradicion

SON MUCHAS las prerrogativas que Roma reclama para si. Nunca las ha reducido en lo más
mínimo, al contrario han ido aumentando a través de los siglos. El papa dice que es el vicario de
Cristo en la tierra a través de una larga sucesión de papas que, según se dice, comenzó con el
apóstol Pedro. La iglesia de la que el papa es cabeza visible debe ser reconocida como la
verdadera iglesia católica, de alcance universal, y todas las demás iglesias son cismáticas y en
estado de rebelión contra la legítima autoridad. Reclama para si la infalibilidad en asuntos de
doctrina y costumbres, lo cual debe ser creído bajo pena de perdición. Solamente ella tiene el
derecho de decidir el significado y la interpretación de las santas Escrituras. Sólo en ella hay
salvación. Tiene autoridad temporal y espiritual en todo el mundo, y por disposición divina le
están sujetos todos los gobiernos tanto civiles como militares. El hecho de que no haya podido
poner en práctica esta autoridad, no la invalida en cuanto a ella se refiere.
¿En qué autoridad basa los estupendos poderes que para sí reclama?
Apela en primer lugar a la Sagrada Escritura, pues reconoce su divina inspiración y, por
consiguiente, su divina autoridad.
En segundo lugar apela a la tradición y a los pronunciamientos de los diversos papas y
concilios de la iglesia.
Consideremos primeramente su apelación a las Santas Escrituras.
La Biblia católico-romana es la Vulgata, que fue traducida al latín por Jerónimo: el
Antiguo Testamento, excepto los Salmos, traducido del hebreo, y el Nuevo Testamento del
griego. Al finalizar el siglo quince era muy escaso el conocimiento del hebreo y del griego, y
donde se leía la Biblia se usaba generalmente la Vulgata, pero algunos miembros del Concilio de
Trento, que sabían que la traducción de Jerónimo no era perfecta, quisieron hacer una nueva
traducción. El trabajo que esto encerraba era grande y, además, los reformadores protestantes se
apoyaban en los textos originales griego y hebreo, de modo que el Concilio acordó por mayoría
reconocer un solo texto como su corte de apelación, y este acuerdo recayó sobre la traducción de
Jerónimo, que era la comúnmente usada y llevaba ya mil años de existencia. Fue así como
llegaron a basarse en la Vulgata latina todas las predicaciones, razonamientos y enseñanzas
romanas, así como las notas escritas. La iglesia de Roma no puede alegar autoridad alguna para
dejar a un lado los originales griego y hebreo y sustituirlos por la traducción latina como la
norma de apelación. Si se establece como norma una sola traducción, es menester reconocer que
el traductor debió tener el mismo grado de inspiración divina que los escritores originales. Sin
embargo, los mismos romanistas admiten que la Vulgata no es perfecta.
La versión Vulgata de la Biblia incluye también los libros apócrifos, que no fueron
traducidos del hebreo sino del griego de los Setenta. Jerónimo, en su lista de los libros canónicos
del Antiguo Testamento, no incluye los libros apócrifos, cuya inspiración divina él rechazó. No
fue él el responsable de su traducción al latín, y sin embargo fueron incluidos como parte
integrante de la versión de la Vulgata. Los apócrifos, en tosías 12:9 y 2 Macabeos 12:46,
favorecen las dos doctrinas romanas de la salvación por las obras y las oraciones por los
difuntos, ninguna de las cuales se encuentra en las Escrituras canónicas. Esta puede ser la razón
para que Roma incluya los apócrifos en la versión romana.
Es muy digno de notarse que los judíos del tiempo de nuestro Señor no aceptaron los
apócrifos como divinamente inspirados, y aunque él y sus discípulos citaron del Antiguo
Testamento más de trescientas veces en el Nuevo, ni siquiera una vez recurrieron a los escritos
apócrifos. En Romanos 3:2 se nos dice que los oráculos de Dios habían sido confiados al pueblo
judío. Pero ni nuestro Señor ni sus apóstoles 103 condenaron por rechazar los libros apócrifos.
Los padres de la primitiva iglesia tampoco los citan como si estuvieran en el mismo nivel que los
libros canónicos. En capítulos sucesivos de este libro examinaremos las citas que Roma hace de
los libros canónicos para apoyar sus enseñanzas y doctrinas, y demostraremos que lo que hace no
es usar, sino abusar de las susodichas citas.
Entramos ahora en las apelaciones de Roma a la tradición y los concilios de la iglesia.
Gran número de las doctrinas católico-romanas no tienen apoyo alguno bíblico, pues
están fuera del alcance de la revelación divina, y para éstas han buscado otra fuente de autoridad
que llaman la tradición y los decretos de los concilios de la iglesia. Roma sostiene que existe un
cuerpo de enseñanzas orales, trasmitidas de nuestro Señor y los apóstoles de generación en
generación, además de la Palabra de Dios escrita en el Nuevo Testamento.
El Concilio de Trento declara lo siguiente:
“Este Concilio, teniendo en cuenta que esta verdad y disciplina están contenidas tanto en
los libros escritos como en las tradiciones no escritas, que han llegado hasta nosotros como
recibidas por los apóstoles de los labios del mismo Cristo o trasmitidas por los mismos apóstoles
bajo la dirección del Espíritu Santo, siguiendo el ejemplo de los padres ortodoxos, acepta y
reverencia con la misma piedad y veneración todos los libros tanto del Antiguo como del Nuevo
Testamento, pues Dios es el autor de ambos, y asimismo las susodichas tradiciones en lo que se
relaciona con la fe y las costumbres, ya procedan del mismo Cristo o sean dictadas por el
Espíritu Santo, y preservadas en la iglesia católica en sucesión continua.”
Además, después de poner la lista de los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, en la
que aparecen los libros apócrifos, concluye diciendo:
“Cualquiera que no acepte como canónicos todos estos libros y cada una de sus partes,
conforme son leídos comúnmente en la Iglesia Católica y están contenidos en la antigua versión
Vulgata latina, o desprecie a sabiendas y deliberadamente las mencionadas tradiciones, sea
anatema.”
A continuación ponemos juntas las dos fuentes de autoridad romana:
El Antiguo y el Nuevo Testamento de la Vulgata, incluyendo los apócrifos, todos ellos en
lengua latina, que se han de entender, por consiguiente, según los explica e interpreta la “Santa
Madre Iglesia”, conforme ya hemos visto en el capítulo I de este libro.
b. Un cuerpo de tradición oral, que se supone ha sido trasmitido de generación en
generación en una sucesión ininterrumpida, ya sea directamente del mismo Señor o de los
apóstoles iluminados por el Espíritu Santo.
A Roma se le ha instado a declarar en qué consiste ese cuerpo de tradición y qué es lo que
contiene aparte de lo que el papado ha hecho público ya, pero nunca lo ha dado a conocer. Es
lógico concluir que prefiere conservar en secreto su contenido para poder así recurrir más y más
a este depósito oculto, según lo requieran las circunstancias. Esto le trae a uno a la memoria al
prestidigitador que saca del sombrero los conejos uno tras otro.
Esto no representa todo el cuadro, sin embargo, ya que se cuenta con los concilios de la
Iglesia como otra fuente de autoridad. Todos los sacerdotes deben suscribir, al tiempo de su
ordenación, el Credo del Papa Pío IV, que declara:
“También profeso y recibo sin ningún género de duda todo lo que ha sido enseñado,
definido y declarado por los cánones sagrados y los concilios generales, y en particular por el
santo Concilio de Trento.”
Tenemos, por fin, delante de nosotros todo el fundamento de la autoridad papal, que se ha
ido ensanchando más y más en el decurso de los siglos, hasta llegar a ser, según parece,
suficientemente amplio para poder sostener toda su pesada estructura.
Debemos observar desde el principio en relación con la tradición que la iglesia romana no
posee en realidad mayor información acerca de la mente de Cristo y sus apóstoles que la que
poseemos todos los demás cristianos. No existe tampoco evidencia alguna de que se hayan
dejado a la iglesia otras tradiciones fuera de las verdades contenidas en el Antiguo y Nuevo
Testamentos. La iglesia romana aduce ciertamente algunos pasajes como pruebas. Uno se
encuentra en Juan 20:30.
“También hizo Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, que no están
escritas en este libro.”
Este versículo declara ciertamente que Jesús hizo otras señales o milagros que no se
hallan relatados en el Evangelio de Juan. Muchos de ellos se hallaban relatados probablemente
en los Evangelios sinópticos, que comenzaron a circular mucho antes que el Evangelio de Juan.
Pudo haber otros que no estaban relatados en ningún otro libro; pero, de ser esto así, no exíste la
menor indicación de que estas tradiciones orales fueran dadas a los apóstoles para ser trasmitidas
de generación en generación como afirma Roma. El versículo siguiente, Juan 20:31, dice:
“Estas empero son escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para
que creyendo, tengáis vida en su nombre.”
El relato escrito es, pues, suficiente para dejar establecido el hecho de que Jesús es el Hijo
de Dios, y suficiente también para crear y establecer una fe que trae la vida eterna. Ni es ni fue
necesaria una tradición suplementaria.
Otros pasajes que se citan son: “así que, hermanos, estad firmes y retened la doctrina que habéis
aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra” (2 Tes. 2:15).
“Empero os denunciamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os
apartéis de todo hermano que anduviere fuera de orden, y no conforme a la doctrina que
recibieron de nosotros” (2 Tes. 3:6) .
“Y os alabo, hermanos, que en todo os acordáis de mi, y retenéis las instrucciones mías,
de la manera que os enseñé” (1 Cor. 11:2).
Aquí encontramos tres referencias a las “tradiciones,” pero estas tres cartas fueron
escritas mucho antes de que se formara el canon del Nuevo Testamento, antes de que la primitiva
enseñanza oral se pusiera en escrito para formar el Nuevo Testamento. Las epístolas en
referencia fueron escritas para confirmar la enseñanza oral que ya se había impartido; pero no
fue algo, como sugiere Roma, dado para suplementar las Escrituras ya escritas y en uso, para
completar así el cuerpo de la verdad revelada.
Permítaseme aquí considerar uno o dos pasajes más de la Escritura, que demuestran cuan
falaz es el recurso que Roma hace a la Escritura, y recordemos, al hacerlo, que estos pasajes
están tomados del Nuevo Testamento, cuya autoridad divina reconoce la iglesia católico-romana.
Judas 3: “Me ha sido necesario escribiros amonestándoos que contendáis eficazmente por la fe
que ha sido una vez dada a los santos.”
La epístola de Judas es una epístola general; no fue dirigida a ningún papa u obispo o
iglesia en particular, como, por ejemplo, la iglesia de Roma, sino “a los llamados, santificados en
Dios Padre, y conservados en Jesucristo,” es decir, a todos los verdaderos creyentes. “La fe,” por
consiguiente, fue dada no a Pedro o a los que dicen ser sus sucesores, sino a todos los creyentes.
Además fue dada “una vez,” sin que hubiera necesidad de que las futuras generaciones de papas
o concilios eclesiásticos le tuvieran que agregar algo. No puede menos de venir a la mente aquí
el solemne aviso que se encuentra al final del Nuevo Testamento, casi sus últimas palabras:
“Yo protesto a cualquiera que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno
añadiere a estas cosas, Dios pondrá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si
alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida,
y de la santa ciudad, y de las cosas que están escritas en este libro” (Apoc. 22:18,19).
Es cierto que la iglesia de Roma niega que haya añadido doctrina alguna a la revelación
original, diciendo que lo que ella ha hecho ha sido sacar del tesoro de la tradición apostólica y
desarrollarlo bajo la dirección del Espíritu Santo, lo cual es evidentemente falso, porque muchas
de las doctrinas llamadas “tradición apostólica” están en abierto conflicto con las verdades
reveladas por Dios en la Palabra escrita, y Dios es “el Padre de las luces, en el cual no hay
mudanza, ni sombra de variación” (Santiago 1:17) .
Pedro dice a los creyentes a quienes escribe en I Pedro 1:23:
"Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de
Dios, que vive y permanece para siempre.”
Luego añade:
“Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada.”
En los Hechos de los Apóstoles encontramos seis sermones o discursos de Pedro, de
modo que conocemos el evangelio que él predicó. Ni siquiera en una ocasión se separó en lo más
mínimo de las doctrinas que se exponen claramente en el Nuevo Testamento En los sermones de
Pedro no hay lugar para las doctrinas que están basadas en la tradición suplementaria de la
palabra escrita, y sin embargo, su evangelio fue suficiente, con el poder del Espíritu Santo, para
conducir a miles de oyentes a la experiencia de un nuevo nacimiento.
En 2 Tim. 3:16, 17, leemos también:
“Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para enseñar, para reargüir, para corregir,
para instituir en justicia, para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruido para
toda buena obra.”
¿Qué necesidad tenemos de añadir la tradición oral si las Santas Escrituras no sólo
pueden hacernos sabios para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús (2 Tim. 2:15), sino que
pueden hacernos también perfectos, enteramente instruidos para toda buena obra?
Nuestro Señor ahuyentó al diablo tres veces, anteponiendo a cada una de sus citas del
Antiguo Testamento el “Escrito está” (Mat. 4:4, 7 y 10). El desconcertó a los que ponían en duda
su misión mesiánica con palabras tomadas de las Escrituras del Antiguo Testamento (Mat. 22:41-
46), y consoló a sus desalentados y perplejos discípulos declarándoles “en todas las Escrituras lo
que de él decían” (Luc. 24:2527). Pero reprendió severamente a los fariseos porque “habéis
invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición” (Mat. 15:6) y porque aun traspasaban
el mandamiento (Mat. 15:3). En contra de ellos citó las palabras del profeta Isaías:
“Este pueblo de labios me honra; mas su corazón lejos está de mí. Mas en vano me
honran, enseñando doctrinas y mandamientos de hombres” (Mat. 15:8-9).
A medida que vamos avanzando en este libro, observáremos que esto es precisamente lo
que Roma está haciendo. Ella culpa a los protestantes de corromper y pervertir la Palabra, y es
ella la culpable de este vil pecado.
El extracto siguiente está tomado de un libro titulado “The Question Box” (Buzón de
Preguntas), escrito por Bernard Conway de los Padres Paulistas, con la autorización del Superior
General de la Orden, el “Censor Librorum” y con el imprimatur del Cardenal Hayes, arzobispo
católico-romano de Nueva York en 1929. En la página del título se dice que han sido impresos
más de tres millones de ejemplares.
La pregunta es como sigue: “¿No es la Biblia la única fuente de nuestra fe, el único medio
por el que han llegado hasta nosotros las enseñanzas de Cristo?”
Respuesta:
“No. La Biblia no es la única fuente de fe como afirmó Lutero en el siglo dieciséis,
porque sin la interpretación de un apostolado de enseñanza divina e infalible distinto de la Biblia,
no hubiéramos podido saber con certeza divina qué libros constituían las Escrituras inspiradas, o
si los ejemplares que hoy poseemos están conformes con los originales. La Biblia de por sí no es
más que letra muerta, que clama por un intérprete divino; no está dispuesta en una forma
sistemática como un credo o un catecismo; con frecuencia es oscura y difícil de ser entendida
como dice San Pedro hablando de las epístolas de Pablo (2 Pedro 3:16. Compárese con Hechos
8:30, 31); se presta a falsas interpretaciones. Además un número de verdades reveladas han
llegado hasta nosotros solamente por tradición divina.”
Aquí Roma se pone de manifiesto, pues se arroga a sí misma el título de “apostolado de
enseñanza divina e infalible, distinta de la Biblia.”
Frente a lo que ella dice de que “la Biblia de por sí es letra muerta,” coloquemos el pasaje
de Hebreos 4:12:
“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos
filos: y que alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu, y las coyunturas y tuétanos, y discierne
los pensamientos y las intenciones del corazón.”
¿De qué lado nos colocamos?

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