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los milagros


NO SE TRATA aquí de si hoy día se realizan milagros. Todos los que creemos en la Biblia
admitimos el hecho de que se obraron milagros en los tiempos bíblicos, y no hay base alguna en
la Escritura que indique que los milagros terminaron con la era apostólica.
Roma afirma que ella es la única que tiene la confirmación de un milagro continuado, y
considera esto como la prueba de que ella es la única verdadera iglesia de Cristo en la tierra. Esta
es la causa por la que ella da tanta importancia a los milagros. Es cierto que la mayoría de las
iglesias protestantes no reclaman para sí los muchos milagros de que Roma hace alarde; pero
está muy lejos de la realidad decir que en ellas no se den algunos. Dios escucha las oraciones de
sus hijos y las contesta aun en nuestros días, lo cual en sí es milagroso. Tal es el caso del
orfanatorio que George Muller estableció en Bristol, que se fundó con el doble propósito de
albergar los muchos niños necesitados de aquel tiempo, y demostrar que Dios es un Dios que oye
las oraciones de los que creen en sus promesas. George Muller pasó a estar con su Señor hace
mucho tiempo, pero el orfanatorio continúa, y los que están al frente de él continúan basándose
en el principio de no dar a conocer sus necesidades más que a Dios. Durante un siglo se han
cubierto estas necesidades sin falla, y con tanta frecuencia han llegado los donativos exactamente
a tiempo que no se puede atribuir a una mera coincidencia. Esta es una de tantas instituciones
que dan testimonio del íntimo conocimiento y cuidado de Dios. El es fiel a todos los que
cumplen su voluntad y confían en él completamente, sean protestantes o católicos, aunque la fe
de estos últimos en Dios este cubierta con muchas supersticiones inútiles que son producto de la
ignorancia. "Jehová mira el corazón" (I Sam. 16:7), y donde él ve la fe viva y verdadera en él,
puede obrar y de hecho obra en favor de los que le imploran, y obrará un milagro si es necesario.
No debemos, pues, sorprendernos si se realizan algunos milagros en la iglesia romana, aunque la
mayor parte de ellos sean espurios.
Sin embargo, debemos tener en mente algunas cosas:
Los milagros de la Biblia no ocurrían de continuo. Generalmente se hallan agrupados, y
aparecen al principio de una nueva dispensación, o en tiempos de crisis: por ejemplo, cuando
Israel salió de Egipto; en los días de Elías y Eliseo; durante la cautividad de Babilonia; y en los
tiempos de nuestro Señor y durante la era apostólica. En todos estos tiempos fueron frecuentes
los milagros.
Desde Adán hasta la muerte del apóstol Juan pasaron unos 4.000 años, y en este largo
lapso de tiempo hubo algunas ocasiones en que figuraron los milagros de manera prominente,
pero fueron pocas y de corta duración. Una vez que el evangelio fue confirmado "con muchas
pruebas indubitables" (Lucas 1:14; Hechos 1:1-3), no existió la misma necesidad del testimonio
de los milagros que se perciben por los sentidos, y aunque no podemos decir, como lo dijeron
algunos padres de la iglesia primitiva, que había pasado el tiempo de los milagros, no podemos
menos de admitir que han sido menos frecuentes que lo que fueron en otro tiempo Del siglo
cuarto en adelante los milagros ocuparon una vez más un lugar más prominente, y siguieron
aumentando con el correr de los años, hasta que llegó el tiempo en que se exigieron por lo menos
cuatro milagros para que un santo pudiera ser canonizado. Si se ha de juzgar a los santos con este
criterio, tenemos que concluir que otros santos católico-romanos han sido más grandes que Juan
el Bautista, quien "ninguna señal hizo" (Juan 10:41).
Esta "corriente" de milagros no se puede comparar en su calidad espiritual con los
milagros del Nuevo Testamento, que tuvieron siempre un valor práctico, ya fuera ayudando,
avisando o castigando, según fuera el caso. Ninguno de estos elementos se encuentra en los
milagros católico-romanos.
Los milagros de la Biblia casi en su totalidad vienen a confirmar todo el conjunto de la
revelación divina, mientras que los milagros católico-romanos son testimonio de cosas
particulares, como una reliquia o un santuario; o tal vez vienen en apoyo de una doctrina
particular, como el purgatorio.
Los milagros de la Escritura poseen una sencillez y dignidad que atraen e inspiran mayor
fe en Dios, mientras que los de la iglesia romana con frecuencia no son más que pura
ostentación, no sólo indigna de Dios, sino también indigna de los hombres, por el elemento
mágico que causa la admiración y no por el milagroso que incita al culto. ¿Qué valor espiritual
puede haber en un crucifijo que inclina su cabeza ante el que le está adorando, o en una virgen
que mueve los ojos, o un cuadro de la Madona en Polonia que en 1949 derramó lágrimas de
sangre por los sufrimientos de la iglesia en aquel país? Se nos dice que un sacerdote enjugó sus
lágrimas, pero éstas brotaron de nuevo, y millares de personas fueron allí a orar ante el cuadro y
traerle dones.
En una iglesia de Nápoles hay dos frasquitos que se guardan en un estuche y que, según
dicen, contienen la sangre de un santo. Normalmente esta sangre tiene la forma de un polvo muy
fino, pero se torna líquida tres veces al año: el primer sábado de mayo, y los días 16 de
septiembre y de diciembre. Por lo menos esto es lo que se dice. Después de volverse líquida, es
llevada por las calles en solemne procesión que encabezan un cardenal y otros dignatarios de la
iglesia. A los que adoran esta reliquia se les promete la libertad de todas calamidades. El estuche
está sellado y no se permite que sabio alguno examine el contenido de los frascos. Todo hay que
aceptarlo de buena fe.
Muchos de los milagros de Roma, verdaderos o falsos, tienden a aumentar la riqueza y el
prestigio de la iglesia, y conducen a los adoradores a una más profunda superstición. Uno de los
lugares de peregrinación más famosos del mundo es Lourdes, que es visitado todos los anos por
centenares de millares de peregrinos, algunos de los cuales van en busca de su curación, otros
con espíritu de adoración, y muchos más por mera curiosidad, coma turistas. Una aldeana de la
localidad, de catorce años de edad, dijo que había visto a la Virgen en la gruta el día 11 de
febrero de 1958. Se dijo que al mismo tiempo brotó una fuente de agua, y millares de personas
han ido desde entonces a ver el milagro. Al agua se le atribuyen propiedades curativas en virtud
de los méritos de la virgen. Se levantó una iglesia sobre la gruta y la fama del santuario se
extendió grandemente. Algunos dijeron que habían sido curados y dejaron allí sus muletas. La
proporción de los que dicen haber sido curados es muy pequeña, y la opinión médica está
dividida acerca de la realidad de los resultados. Un corresponsal especial del Daily Telegraph de
Londres escribió con fecha 12 de febrero de 1958 que en los cien años que habían pasado la
iglesia romana había reconocido como milagrosas 54 curaciones en Lourdes. Ahora se requiere
un informe completo del médico del peregrino, y que una comisión médica declare que la
curación es médicamente inexplicable. No cabe la menor duda de que muchos de los que allí van
lo hacen con espíritu de verdadera devoción, a pesar de lo cual tienen que regresar a sus casas
como habían venido. Como todo ello se ha comercializado ampliamente, lo que es absolutamente
cierto es que los peregrinos y los turistas dejan grandes entradas a la iglesia católico-romana y
los habitantes del lugar. El día del centenario el Cardenal Gerlier, Arzobispo de Lyons y Primado
de las Galias, cantó una misa solemne en presencia de 17 obispos, de los cuales 10 habían venido
de extranjero, y por radio se trasmitió desde Roma una congregación de 40.000 personas la
recitación del angelus por el Papa. Se espera que en este año (1958), visitan Lourdes unos seis
millones de peregrinos, que ocuparán las 25,000 camas que hay en 600 hoteles y pensiones de la
ciudad y alrededores. Se supone que cada peregrino y turista gaste entre 5 y 10 libras esterlinas
(catorce a veintiocho dólares) en la compra de rosarios y otros recuerdos religiosos. Sólo la
ciudad de Lourdes ha gastado 2, 000,000 de libras esterlinas (5,00, 00 dólares) en los últimos
diez años para ampliar los lugares de estacionamiento de automóviles y alargar las pistas de
aterrizaje, etc.
No tenemos más que colocar lado a lado los milagros de nuestro Señor con lo que se hace en
Lourdes, y el empeño que él tuvo en evitar el clamor popular, para notar el contraste.
Manifestaciones semejantes a estas se han realizado en México, Cuba, Argentina, Chile y
Portugal, y la iglesia de Roma afirma que todas ellas son manifestaciones de María, aunque
localmente reciban diversos nombres.
Entre los no-romanistas no es tan conocido el uso de escapularios y medallas que se
llevan sobre en cuerpo. Estos no son más que amuletos para ahuyentar influencias malas, que
hacen al que los lleva participante de los méritos de la orden religiosa que los reparte, a pesar de
todas las protestas que Roma hace en contrario. El escapulario, que se usa como vestido, está
compuesto de una pieza de tela que tiene una abertura en el medio para meter por ella la cabeza,
quedando los dos extremos colgando sobre el cuerpo, uno atrás y otro adelante. Con el correr del
tiempo este escapulario ha quedado reducido a dos piececitas de tela de lana de unos siete
centímetros por cinco, una de las cuales cuelga sobre el pecho y la otra sobre la espalda por
medio de unas cintas que pasan por los hombres. Los colores varían según las diversas órdenes
religiosas: unos son blancos, otros azules, o rojos, o púrpuras, etc. En la tela se hallan impresas o
bordadas las representaciones de la virgen o de la cruz. Están autorizados dieciocho modelos de
estos amuletos, y sólo se permite llevar cinco de ellos al mismo tiempo. El más popular es el de
la orden carmelitana, que se fundó en 1156. Hoy día lo puede llevar cualquiera, y son unos dos
millones de personas las que lo usan. El que lo lleva y se conserva puro y reza diariamente las
oraciones prescritas tiene seguros dos favores:
Su cuerpo se libra de todas las calamidades y de los ataques del diablo.
Se salva su alma. El Papa Clemente tuvo una visión de la Santa Madre en el siglo doce, en la que
se le aseguró que ella baja todos los sábados al purgatorio y saca de allí a todas las almas que
llevan su escapulario.
En el año 1911 se acuñó una medalla que tenía grabada en un lado el sagrado corazón y
en el otro la imagen de la virgen. Esta medalla puede usarse en reemplazo del escapulario, y se
obtienen los mismos méritos, pero es menester comprar una nueva medalla cada año, y en
algunos casos se exige que se haga también una contribución mensual.
Otro amuleto que no es tan popular es el agnus déi, que se compone de discos de varios
tamaños, hechos con la cera que queda de las velas que se usan en el culto. En un lado estos
discos llevan impresa la figura de un cordero y de una cruz, y en el otro las armas del papa o la
figura de un santo. Estos discos son preparados y bendecidos por el papa en el primer año de su
pontificado, y cada siete años después. Algunos de ellos se conceden a los cardenales o personas
de rango y distinción, y en la bendición que se pronuncia sobre ellos se hace especial mención de
la libertad que dan de los peligros de fuego, inundación, tormentas, pestilencias y del parto. La
misma Roma admite que éstos se introdujeron probablemente como un sustituto cristiano de los
amuletos paganos comunes en Roma en el siglo quinto.
El milagro que Roma admite es el más grande de todos es el que se realiza casi
continuamente en cada momento en muchísimos lugares de todo el mundo, cuando la hostia y el
vino se convierten en el real cuerpo y sangre de nuestro Señor, al pronunciarse las palabras de la
consagración para ser ofrecido a Dios y comido por los que comulgan. Este milagro, sin
embargo, no tiene base alguna científica. Antes de poder aceptar esto como verdadero, se tiene
que negar toda facultad de percepción que se usa en los juicios diarios. Dios no nos pide tal cosa
sino que nos da la facultad de observar y raciocinar para que la usemos. La fe está sobre la ra

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