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El pecado


LOS PECADOS SON DE DOS CLASES, según la teología católico-romana: mortal y venial.
Los pecados mortales hacen al ofensor enemigo de Dios, y le condenan a la pena del fuego en el
infierno. Los pecados veniales, por el contrario, no hacen al hombre enemigo de Dios, ni llevan
consigo la condenación eterna. Como su mismo nombre lo indica, los pecados veniales tienen
perdón de varias maneras; los pecados mortales sólo pueden ser absueltos por el sacerdote
después de la confesión y del cumplimiento de la penitencia prescrita. Los pecados veniales no
necesitan ser confesados, como requisito necesario, pero si se lo recomienda como laudable y
seguro.
“La confesión no es de necesidad absoluta más que en los casos en que hay pecado grave,
pero su practica es laudable y se acostumbra hacerlo así, como preparación más segura para la
comunión, y además se confiesan todos los pecados de que el alma tiene conciencia, sin hacer
mucha diferencia entre los pecados graves y leves.” (Lo que es y enseña la iglesia católica, pág.
24. Catholic Truth Society.)
Al católico devoto que se confiesa con frecuencia no le es muy difícil recordar todos los
pecados y defectos que ha cometido a sabiendas en un corto periodo de tiempo; pero para la
mayoría que sólo va a la confesión de tarde en tarde, esto le es sencillamente imposible, y lo
único que puede hacer es repasar el pasado, escoger los pecados que cree son mortales, y
confesárselos al sacerdote, dejando los que le parecen más livianos, y por consiguiente veniales,
para habérselas con ellos por los medios más fáciles de las oraciones, ayuno, obras buenas, etc.,
o de no hacerlo así, penar por ellos en el purgatorio.
Pero ¿dónde se encuentra el límite de separación entre el pecado mortal y el venial?
Roma provee la instrucción que se necesita. Para cometer un pecado mortal se requieren tres
cosas: 1, materia grave; 2, pleno conocimiento; 3, pleno consentimiento.
Materia grave. El pensamiento, palabra, obra u omisión pecaminosa debe encerrar
importancia grave, por ejemplo, el daño que se ocasiona al buen nombre o carácter del prójimo
en asunto serio, el robar una suma grande, o pequeña si se trata de una persona pobre.
Pleno conocimiento. Que no se cometa por error o antes que uno se dé cuenta de lo que se
trata. La mente debe darse cuenta de la pecaminosidad del hecho al tiempo en que se realiza.
Pleno consentimiento. La voluntad debe consentir deliberadamente a la tentación, sea de
pensamiento, palabra u obra. Si no hubo pleno conocimiento o consentimiento, sino indecisión al
rechazar la tentación, el pecado es venial; el alma recibe una herida, pero no muere. (Lo que
creen los católicos, pág. 14. Catholic Truth Society.)
Esto parece claro si se lee sin cuidado, pero no lo es en realidad. Desgraciadamente las
definiciones son imprecisas para el que desea saber su situación en relación con sus pecados.
¿Qué es lo que constituye “materia grave”? Yo tengo mis propias ideas, Ud. tiene las suyas; pero
aquí nos las tenemos que haber con Dios. Lo que vale delante de él son sus normas, no las
nuestras. ¿Qué es lo que constituye una “cantidad grande,” suficientemente grande para llegar a
ser pecado mortal, que me llevará al infierno? ¿Cuál es la “persona pobre,” y cuánto le puedo yo
robar sin tener que ir al infierno? ¿Qué es el “pleno conocimiento”? El apóstol Pablo había
perseguido cruelmente a la iglesia antes de su conversión, encerrando a los santos en cárcel y
dando su voto contra ellos cuando eran condenados a muerte. Y lo que es peor, tal vez, había
obligado a algunos de ellos a negar a su Señor, y a blasfemar de su nombre; pero él pudo decir a
Agripa: “Yo ciertamente había pensado deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de
Nazaret” (Hechos 26:9). La verdad es que él no tenía “pleno conocimiento,” por eso dice en 1
Tim. 1:13: “Lo hice con ignorancia en incredulidad.” Mas no por eso lo llama pecado venial,
sino que se llama a sí mismo” el primero de los pecadores” (1 Tim. 1:15).
¿En qué clase se podría colocar el primer pecado de que se hace mención en la Biblia, y
de hecho el primer pecado que cometió la humanidad? ¿Equivalía a una “suma grande o a un
suma pequeña robada de un pobre’ la fruta que fue malamente robada al Dios de toda la tierra?
¿Hubo allí “pleno conocimiento”? Leemos en 1 Tim. 2:14: “La mujer, siendo seducida, vino a
ser envuelta en trasgresión.” ¿Hubo allí “pleno consentimiento,” sin indecisión? No. en un
principio hubo intentos de resistencia, pero pronto sucumbió al tentador. Este la aseguró que no
habría pecado mortal, pero prevaleció la palabra de Dios: “El día que de él comieres, morirás.”
No se trataba allí de si eran o no triviales los adornos externos, que formaban la medida del
pecado, sino el hecho de la desobediencia a Dios y la separación de él. Una persona puede
parecerse al que vino a Jesús “cubierto de lepra,” de apariencia terrible y repugnante, otra tal vez
no tenga más que un pedacito de carne insensible al tacto, pero la enfermedad es la misma, y el
resultado en ambos casos es la muerte. Esto es lo que acontece con el pecado. “El pecado, siendo
cumplido, engendra muerte” (Sant. 1:15).
La conciencia no es un guía seguro para juzgarnos a nosotros mismos, pues uno de los
efectos del pecado es acallar la voz de la conciencia. David hizo esta pregunta: “Los errores
¿quién los entenderá?”, y su hijo Salmón, famoso entre los hombres de todos los tiempos por su
sabiduría, dijo: “El que confía en su corazón es necio” (Prov. 28:26). Dios, hablando por la boca
de Jeremías, dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo
conocerá?” Y luego contesta él mismo su propia pregunta: “Yo Jehová, que escudriño el
corazón, que pruebo los riñones, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus
obras” (Jer. 17:9-10) . En el Antiguo Testamento se lee: “El alma que pecare, esa morirá” (Eze.
18:20) . El Nuevo Testamento, con su revelación más amplia del amor de Dios en Cristo, no
rebaja o modifica esta solemne afirmación, sino que la confirma con algo que es tan severo e
inflexible: “La paga del pecado es muerte” (Rom. 6; 23).
No se agrega adjetivo alguno que lo califique; no dice: “La paga del pecado mortal es
muerte,” de modo que la muerte es la paga de todo pecado. Pero tenemos que dar gracias a Dios
por el evangelio. “Dios encarece su caridad para con nosotros, porque siendo aun pecadores,
Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:8).
“La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (I Juan 1:7). “Si
confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos
limpie de toda maldad” (1 Juan 1:9).
Nuestro Salvador nos da, por su preciosa sangre, lo que ninguna absolución sacerdotal o
mérito acumulado puede conseguir.

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