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El Bautismo


LA IGLESIA CATOLICO-ROMANA pone mucho énfasis en los sacramentos, a la cabeza de
los cuales coloca el bautismo como esencial para la salvación. Es de tan vital importancia que,
aunque de ordinario sólo el sacerdote puede realizar la ceremonia, en casos de emergencia
cualquier laico puede administrarlo, si no hay un sacerdote a mano. En el folleto Lo que creen
los católicos (Catholic Truth Society) se cita el caso de un soldado inglés en la India, que solía
darse un paseo en las mañanas por la playa para bautizar las criaturas que habían sido
abandonadas allí para que fueran arrastradas por la marea, y se pone el siguiente comentario:
“No pudo salvar su vida en la tierra, pero pudo llevarlas a la vida eterna.” Otro caso es el de una
criatura que fue dejada a cargo de un hermanito suyo. Este fue víctima de un ataque cerebral
repentino, y la criatura le bautizó a él. La conclusión que de esto se saca es que todos deben
saber cómo bautizar, a fin de que puedan saber cómo actuar en emergencias semejantes.
El romanismo enseña que las almas de los niños sin bautizar van al morir a un lugar entre
el cielo y el infierno llamado limbo, donde estarán por la eternidad en un estado de felicidad
natural. No van al infierno, porque no han cometido pecado; pero como la mancha del pecado
original no ha sido limpiada en ellos por el bautismo, no pueden entrar en el cielo para gozar de
la visión beatífica de Dios. Los adultos no bautizados van al morir directamente al infierno,
porque, además del pecado original, tienen pecados actuales que ellos mismos han cometido. En
relación con los niños no bautizados, digamos primeramente que el “limbo” es una ficción de la
imaginación romanista, y que no se encuentra apoyo alguno en la Escritura para afirmar la
existencia de tal lugar. No puede referirse al “hades” o lugar de las almas de los desaparecidos,
que se traduce “infierno” en la versión española, ya que éste es un lugar temporal, pues leemos
en Apoc. 20:13, 14 que “la muerte y el infierno (hades) dieron los muertos que estaban en ellos;
y fue hecho juicio de cada uno según sus obras. Y el infierno y la muerte fueron lanzados en el
lago de fuego. Esta es la muerte segunda.” No hay aquí posibilidad para la existencia de un lugar
de duración eterna en un estado de felicidad natural, aparte del mismo cielo. Permanece el cielo,
y el infierno, el lago de fuego, donde son arrojados todos aquellos cuyos nombres no están
escritos en el Libro de la Vida. No se hace mención tampoco del bautismo, a este propósito, ni de
los niños ni de los adultos.
La definición que da el diccionario de la palabra “sacramento” es: Una ceremonia o acto
religioso, que se considera como signo externo y visible de una gracia interna y espiritual. La
esencia de esto está en que el sacramento as algo simbólico; pero Roma no acepta esta
definición. Para ella el bautismo es mucho más que un símbolo de una gracia ya recibida; es un
rito que por sí confiere la gracia salvadora, de modo que una persona bautizada se salva, y una
que no lo es se pierde. Continuemos citando el folleto antes mencionado:
“Todo bien nos viene por la sangre preciosa.... Por los sacramentos se aplican a nuestras
almas los méritos de la sangre preciosa.... Porque los sacramentos no son solamente señales de la
gracia, sino que dan también la gracia que significan. El alma de un niño queda limpia del
pecado original, cuando se derrama un poco de agua sobre su cuerpo (pág. 33). El bautismo es un
sacramento que nos limpia del pecado original, nos hace cristianos, miembros de la iglesia y
herederos del cielo.... El bautismo perdona también los pecados actuales, es decir, los pecados
que nosotros mismos cometemos, y borra la pena que se debe por ellos, cuando los que son reos
del pecado actual lo reciben con las debidas disposiciones” (pág. 35).
El lenguaje que aquí se usa es claro e inequívoco; pero no está conforme con la enseñanza
de La Escritura. No solamente no se encuentra en ella, sino que directamente contradice lo que
dice la Biblia.
¿Puede el derramamiento de un poco de agua sobre el cuerpo limpiar el alma del pecado?
“Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre fi, tu pecado está sellado delante de mí, dijo
el Señor Jehová” (Jer. 2:22).
“Pilato . . . tomando agua se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo
de la sangre de este justo” (Mat. 27:24).
¿Acaso el lavarse la manos le limpió de su culpa? Tampoco lo puede hacer el agua de la fuente
bautismal. Lo que el agua no puede hacer, lo realiza la preciosa sangre de Cristo.
“La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.... Si confesamos nuestros
pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad”
(1 Juan 1:7 y 9).
Tampoco puede el bautismo hacernos cristianos, hijos de Dios y herederos del cielo. Esto
no lo puede realizar más que el Espíritu Santo, obrando en nosotros cuando recibimos a
Jesucristo por fe en nuestros corazones.
“A lo suyo vino (Cristo), y los suyos (el pueblo judío, cuyo Rey y Mesías él era) no le
recibieron. Mas todos los que le recibieron, dioles potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que
creen en su nombre: los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de
voluntad de varón, mas de Dios” (Juan 1:11-13).
Nótese que recibir y creer se usan aquí como sinónimos. La verdadera fe es más que un credo, y
más que un asentimiento mental a ese credo; es algo activo, que recibe. Esto es lo que significa el
pasaje de Santiago 2:20: “La fe sin obras es muerta.” Cristo está a la puerta de cada corazón y
llama, pidiendo que se le deje entrar como Señor y Dueño, Príncipe y Salvador. El dice:
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré
a él” (Apoc. 3:20).
El, el Príncipe de la vida, entra a morar en nosotros cuando le abrimos la puerta.
“Y este es el testimonio: Que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El
que tiene al Hijo, tiene la vida: el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida. Estas cosas he
escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida
eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5:11-13).
No se puede usar lenguaje más claro y directo: el que tiene al Hijo, por haberle recibido
en su corazón por la fe, tiene vida eterna. Lo opuesto es igualmente claro:
“El que es incrédulo a Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan
3:36).
“El que no cree, ya es condenado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios”
(Juan 3:18).
Ningún rito bautismal, no importa quien sea el que lo realiza, puede regenerar un alma o
darle esa vida eterna, que es la única cosa que la puede hacer hijo de Dios y heredero del cielo. Si
esto fuera posible, Pablo no hubiera escrito: “Cristo no me envió a bautizar, sino a predicar el
evangelio” (I Cor. 1:17). Ni hubiera podido entrar al paraíso con Cristo el buen ladrón, sin haber
sido bautizado.
En las Escrituras hallamos que la regeneración es resultado de dos cosas: 1, la verdad del
evangelio; 2, el poder del Espíritu Santo.
Dice I Pedro 1: 23-25:
“Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible por la palabra de
Dios, que vive y permanece para siempre.... Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido
anunciada.”
Juan 3:5, 6:
“El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido
de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.”
La iglesia romana enseguida echa mano de la palabra “agua” de esta última porción de la
Escritura y afirma que se refiere al bautismo; pero es imposible sostener que esta palabra se
refiere a la regeneración bautismal, si se tienen en cuenta los otros pasajes que ya hemos
considerado. Dejemos que la Escritura se interprete a sí misma. Leemos en Efe. 5:25-26:
“Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, limpiándola en
el lavacro del agua por la palabra.”
Esto conviene exactamente con el pasaje de I Pedro 2:23-25, a que nos hemos referido
arriba: “Siendo renacidos . . . por la palabra de Dios.” Leemos también en Rom. 10:17: “La fe es
por el oír; y el oír por la palabra de Dios.”
El oír la Palabra de Dios da origen a la fe, esa fe que abre el corazón al Salvador que está
esperando, éste entra y el alma es regenerada. El hecho de la regeneración es obra del Espíritu
Santo:
“El viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene ni a dónde vaya:
así es todo el que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8).
La obra del Espíritu Santo en la regeneración, comunicando nueva vida espiritual al alma
que antes estaba muerta “en sus delitos y pecados,” y que ahora aborrece el pecado que antes
amaba, y halla gozo en las cosas celestiales, es ciertamente un milagro de la gracia; pero trae
consigo su propia evidencia, como lo hace el viento invisible, cuyo sonido oímos y cuya frescura
sentimos, evidencia que no se puede negar. El fruto del Espíritu en diversos grados de
abundancia y perfección se manifiesta en el alma regenerada: caridad, gozo, paz, tolerancia
benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza: contra tales cosas no hay ley. Porque los que
son de Cristo han crucificado la carne con los afectos y concupiscencias. (Gál. 5:22-24.)
La conclusión innegable, que se deduce de todas las porciones de la Escritura que hemos
considerado, es que el rito del bautismo no perdona el pecado, ni da la vida eterna y hace al alma
heredera del cielo. Y sin embargo, es un rito ordenado por nuestro Señor sin ningún género de
duda. ¿Cuál es, pues, su función y qué propósito tiene?
La respuesta a la primera parte de la pregunta es: el bautismo sigue a la salvación. Puede
ser que pase un largo tiempo entre los dos, o el uno puede seguir a la otra tan estrechamente que
sean casi inseparables; pero aun en este caso, no es el bautismo lo que salva, sino el
arrepentimiento y la fe.
Cuando nuestro Señor dio la gran orden misionera, dijo:
“Por tanto, id, y doctrinad a todos los gentiles, bautizándoles en el nombre del Padre, y
del Hijo, y del Espíritu Santo: enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado: y he
aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”
El orden fue: doctrinad, bautizad y luego enseñad, y nosotros hallamos que los discípulos
siguieron rigurosamente este orden.
Hechos 2:41: “Los que recibieron su palabra, fueron bautizados.”
8:12: “Cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el
nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres.”
8:13: “El mismo Simón creyó también entonces, bautizándose.” Los hechos posteriores
hicieron ver que fue engañador, pero su bautismo siguió a su profesión de fe.
8:36-38: “Y dijo el eunuco: He aquí agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Y Felipe
dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo
de Dios. Y mandó parar el carro: y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y bautizóle.”
9:18: “Luego le cayeron de los ojos (a Pablo) como escamas, y recibió al punto la vista: y
levantándose, fue bautizado.”
10:47-48: “¿Puede alguno impedir el agua, para que no sean bautizados éstos que han
recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y les mandó bautizar en el nombre del Señor
Jesús.”
16:29 34: “El (el carcelero) entonces pidiendo luz, entró dentro, y temblando, derribóse a
los pies de Pablo y de Silas; y sacándolos fuera, les dice: Señores, ¿qué es menester que yo haga
para ser salvo? Y ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y tu casa. Y le
hablaron la palabra del Señor, y a todos los que estaban en su casa. Y tomándolos en aquella
misma hora de la noche, les lavó los azotes; y se bautizó luego él, y todos los suyos . . . y se gozó
de que con toda su casa había creído a Dios.”
Hechos 18:8: “Y Crispo, el prepósito de la sinagoga, creyó al Señor con toda su casa: y
muchos de los corintios oyendo creían, y eran bautizados.”
A la segunda parte de la pregunta: “¿Qué propósito tiene?”, hay varias respuestas.
El bautismo es un acto de confesión. En I Cor. 10:2 leemos: “Y todos en Moisés fueron
bautizados.” De esta manera llegaban a ser discípulos de Moisés, y se reconocían a sí mismos
como tales: “Nosotros discípulos de Moisés somos” (Juan 9: 28) . Así el creyente cristiano se
bautiza en Cristo (Gál. 3:27), haciendo pública confesión de fe en él.
Declara la limpieza interior espiritual ya recibida. Y Pedro les dice: Arrepentíos y
bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados.... Así que,
los que recibieron su palabra, fueron bautizados” (Hechos 2:38-41). Habiendo recibido su
palabra, fueron bautizados, indicando así la limpieza que habían recibido.
Declara la unión del creyente con Cristo en la muerte y resurrección: “¿Pues qué
diremos? ¿Perseveraremos en pecado para que la gracia crezca? En ninguna manera. Porque los
que somos muertos al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que somos
bautizados en Cristo Jesús, somos bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente
con él a muerte por el bautismo; para que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del
Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida” (Rom. 6:1-4) .
Véase También Col. 2:13, y 3:1-4.

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